—Mierda... -dijo empacando los libros en la caja. La mujer lo miraba en silencio, sentada en una silla. Paró un momento, se volteó hacia ella y le preguntó por El guardián entre el centeno-. Quisiera llevarlo.
La mujer no respondió y él repitió en vano la pregunta. Empacó un diccionario de inglés, viejo y descuadernado, y algunas camisetas. Acomodaba las cosas en desorden. Del armario sacó camisas y pantalones y los tiró sobre la cama. Luego buscó medias, pantaloncillos y las botas altas de caucho. Fue a la cocina, volvió con otra caja y siguió empacando. De vez en cuando echaba un ojo a la mujer. Le perturbaba su silencio, la manera de observarlo. Tenía el pelo recogido con un gancho en forma de gafas. Recordó que le había comprado dos ganchos iguales en un viaje a Cali. Caminó varias cuadras antes de encontrarlos. Y todo porque sabía que le gustaban los ganchos.
—Está bien -dijo sentándose en la cama-, volvamos a hablar... Es por unos días, una semana o dos. ¿Me oyes, Adriana?
Adriana no lo escuchó.
Pero siguió hablando, explicando lo del muchacho. Cuando terminó, recordó la botella en la sala. Se empujó uno grande y volvió al cuarto arrastrando los pies. Estaba cansado. Quería encontrar las palabras mágicas para calmarla. Miró a su alrededor. Descubrió el libro bajo la mesa de noche. Lo guardó en la caja. Adriana le quitó la botella y se sentó en el suelo, al lado de la mesa de noche.
—No quiero oír esa historia del muchacho -dijo-. Quiero la verdad, sólo la verdad.
Veintidós años atrás se habían conocido en una fiesta. Adriana iba acompañada de un pretendiente. Esteban y sus amigos iban de “cacería”. La primera pieza que bailaron fue un bolero. Arrancó un disco de Richie Ray y cuando las parejas apenas se estaban organizando el aparato se silenció. Todos esperaron y entró el bolero. Los dos se miraron y aquello bastó. Adriana despachó al pretendiente, bailaron, se emborracharon y terminaron en el motel El río. Esteban no era de la ciudad. Lo habían trasladado el año anterior para revisar una posible estafa en las bodegas de Alcafé. Al final se quedó. Los fines de semana salían con los compañeros solteros de la oficina. Aquella noche encontró a Adriana. Y todo sucedió tan rápido, que cuando pensaba en ello no podía creerlo.
Adriana bebió un sorbo de aguardiente y se metió la botella entre los muslos.
—Dime la verdad -dijo.
Esteban la miró. Vio los muslos delgados, el escote descuidado. Vio su rostro mirándolo y supo que en cualquier momento estallaría en insultos.
Adriana dejó la botella a un lado.
—¡Quiero que hablemos del problema! ¡Quiero que me digas la verdad!
Se recostó en la pared.
—¿Es una mujer?
Esteban se frotó el rostro y se alisó el cabello con las manos. Le pidió la botella. Adriana la agarró y volvió a esconderla entre las piernas. Se sentó en el suelo, frente a ella. Levantó una mano.
—Escúchame... es la última vez que te lo cuento...
Adriana asintió.
—Venía de Darién a la cabaña y me entraron ganas de mojarme los pies en el lago... tú y yo lo hemos hecho cientos de veces... arrimé la camioneta y me metí hasta que el agua llegó a mis rodillas. Entonces llegaron ellos, los muchachos. Traían el equipo de sonido del carro a todo volumen. Eran tres parejas... jóvenes... de dieciséis o diecisiete años. Cuadraron y corrieron a nadar. Me gritaban que entrara. Los miré chapotear, los saludé levantando la mano y caminé en sentido contrario para alejarme de ellos. Cincuenta metros adelante oí los gritos...
Esteban buscó un cigarrillo. Observó a Adriana.
—¿Me escuchas?
Adriana asintió.
—El muchacho estaba allí, tirado en el suelo, rodeado por los otros. Los hice a un lado, lo volteé bocabajo y presioné en los costados. El agua salió. Luego le di respiración, toda mi respiración, con fuerza... todo el aire que yo podía tragar. Creo que estuve diez o quince minutos dándole respiración...
Esteban hizo una pausa y tomó aire.
—El muchacho murió... Lo comprendieron de inmediato. Todos lloraban y gritaban. Arranqué en el carro. Una de las mujeres le sostenía la cabeza entre las piernas. Le hablaba y lo besaba. Fue lo último que vi... entonces piqué duro el acelerador. Al bajar de la montaña pude parar. Y me quedé allí, al lado de la carretera, no sé cuánto tiempo...
Adriana lo interrumpió:
—¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? ¿No será que te enredaste con una mujer?
Estiró los pies lejos de ella. Se acostó en el suelo. Estaba mareado. Para concentrarse en un punto tenía que cerrar un ojo. El día anterior decidió ir unos días a la cabaña de Calima. Pero solo. Tenía que pensar y Adriana se lo impedía.
—Tengo que irme -dijo.
Llevó las cajas a la camioneta y se marchó.
Llevaba veintitrés días en la cabaña, cuando vio un taxi subiendo por el camino. Tenía puestas las gafas de leer. Estaba tirado en la hamaca del corredor con un periódico viejo entre las manos. Bebía cerveza en lata. A un lado, en una mesita, había un montón de periódicos y revistas. En el suelo se acumulaba basura de colillas y latas vacías.
Adriana y otra mujer bajaron del taxi. No la conocía. Traían paquetes de comida y dos maletas. Bajó las gradas y las ayudó con las maletas. Al llegar al corredor, Adriana se detuvo. Dijo:
—Tenemos que hacer una buena limpieza.
Luego corrió donde Esteban, le dio un beso, lo abrazó, lo volvió a besar, le pasó una mano por la cintura y con la otra, señalando a la mujer, dijo:
—Ella es Diana, una amiga... se va a quedar unos días con nosotros.
—Bienvenida -dijo Esteban sonriendo.
Las dos entraron a la cabaña. Esteban las siguió. Dejó las maletas y volvió al corredor. Prendió un cigarrillo y se quedó allí, de pie, mirando hacia el camino sin pavimentar. Vio unos patos que pasaron volando a la mitad del lago. Vio un carro pasar veloz por la carretera pavimentada.
.—Cinco centavos por tus pensamientos -dijo Adriana tapándole los ojos con las manos.
Sintió su cuerpo, el olor, los senos pegados a la espalda. Se sentaron en las gradas. Adriana le pasó una mano por los hombros.
—Ese perfume -dijo.
—Es el que usa Diana... quise probarlo. ¿Te gusta?
—Huele bien -dijo-. ¿Quién es ella?
Adriana fue por una cerveza.
—Estuvo conmigo todo este tiempo, acompañándome. Vive en el Albergue y acaba de separarse. Salíamos a comer, a tomar cerveza, a hablar.
—Es joven...
—Tiene veintitrés años -dijo. Sonrió-: ¿Te gusta?
Esteban bebió un sorbo de cerveza. Dejó la lata en el suelo y prendió un cigarrillo.
—¿A qué vino?
—Está sola, te dije. Necesita aire fresco, cambiar de ambiente por unos días.
Adriana bajó dos escalones y se paró frente a él.
—¿Y tú? -preguntó-. ¿Cómo va... el problema?
Esteban dio una chupada lenta al cigarrillo. Todos los días de la primera semana fue al lugar del accidente. Quedaba a tres kilómetros. Aún no comprendía qué le había pasado. Al volver del lugar traía una manta y se recostaba en la hamaca. Pensaba que tenía que hacer un alto en su vida.
Respondió:
—¿Cuál problema?
Miró al lago. Pasaba una lancha de motor a poca velocidad. Vió la estela que dejaba a su paso. Movió un poco la cabeza y vio a Adriana a un metro de distancia. Seguía parada, con las manos en las caderas. No recordaba la última vez que hicieron el amor. La fecha le parecía lejana.
—Tengo que ir a Darién -dijo Adriana-. Necesito detergente.
Esteban le ofreció las llaves de la camioneta. Las rechazó. Quería caminar.
Al momento Diana salió al corredor.
—¿Queda lejos el pueblo?
Esteban la vio parada al final de la escalera.
—Es cerca -dijo.
Adriana caminaba por el camino sin pavimentar. Pronto alcanzó la carretera principal.
—Me quiero bañar -dijo Diana.
Olvidó la toalla y lo llamó. Esteban estiró la mano, mirando hacia otro lado, y ella empezó a preguntarle cosas de la cabaña. De repente se volteó y la vio secándose los muslos, las piernas. Tenía varios lunares debajo de los senos. Diana no se sorprendió cuando lo vio mirándola. Quiso marcharse, pero ella pidió que le secara la espalda. Esteban miró hacia la puerta. Diana se acercó y le puso la toalla en las manos. Sintió el cuerpo a través de la toalla. Diana se sostenía el pelo con una mano. La toalla cayó al suelo: Esteban temblaba. Con las manos continuó el movimiento que hacía con la toalla. Luego con la boca. Se besaron, le acarició los senos, le apretó las nalgas. La levantó y la llevó a la cama.
—Espera -le dijo.
Abrió la cortina. Por la ventana apareció una parte del lago, la montaña y el camino sin pavimentar que subía a la cabaña. Se quitó la ropa y la montó. Cuando poseía por vez primera a una mujer intentaba hacerlo rápido. Pensaba que no debía darle tiempo para que lo pensara. Diana cerró las piernas.
—Todavía no... -susurró-. Acaríciame un poco...
Le lamió los pezones y luego los chupó hasta que endurecieron. Sintió el olor del perfume. Metió la nariz entre el pelo húmedo y le mordió el cuello. Luego la besó en la boca y la acarició entre las piernas con la mano. Tenía las nalgas y los muslos duros. Apenas lubricó, la montó. Era estrecha. Empujó poco a poco. Diana gimió. A cada embestida lanzaba grititos agudos. Esteban aceleró. Le metió una mano por debajo, para levantarla, y Diana se arqueó un poco para recibirlo mejor. Esto lo excitó. Le dijo que estaba a punto y los grititos de Diana se volvieron roncos, como voz de mula. Esteban se quedó quieto, con la nariz metida entre el pelo húmedo. Luego la besó en la mejilla. Diana se relajó y esperó. Dejó caer las manos, empujó un poco el cuerpo hacia arriba y, con un movimiento suave, empujando otra vez, lo movió a un lado.
—Tenemos que vestirnos -dijo.
—Todavía no... -dijo cogiéndole la mano.
Diana se soltó y fue a ducharse. Trajo papel. Tenía una toalla alrededor del cuerpo.
—Vístete -dijo-. Adriana no demora.
—Demora un poco... -dijo Esteban.
Se paró sobre la cama y miró por la ventana.
—Desde aquí la veremos en el camino.
Diana se asomó. Se acostó en la cama y volteó la cabeza hacia la pared.
—Ella te quiere -dijo.
Esteban volvió a acostarse. Se frotó la cara con las manos. Cerró los ojos.
—Yo también la quiero -dijo. Se sentó recostándose en el espaldar, tocó a Diana en un hombro, le quitó un manojo de pelos del rostro. Y preguntó-: ¿Quién eres tú?
Le contó lo que ya sabía: la separación, la vuelta a la casa materna. Conoció a Adriana y se hicieron amigas. Esteban esperó que acabara y fue por una cerveza. Al volver la besó. Bebió la cerveza de tres tragos. Diana hizo algunas preguntas sobre el lago. La volvió a besar. Diana respondió y Esteban le soltó la toalla.
Una semana después, al terminar la tarde, las mujeres salieron al corredor con una bandeja de tilapias fritas. En la mañana, Esteban fue al lago a pescar. Durante cuatro horas tiró el anzuelo. Al final, sin nada entre las manos, compró quince tilapias a unos pescadores y regresó, orgulloso, a la cabaña. Aquella noche, después de comerlas, empezaron a beber. Pusieron música de la época de la Fania y baladas de los años sesenta. Adriana y Diana cantaban a coro. A medianoche, Esteban dejó correr un disco. Las mujeres, borrachas, lo rodearon. Acabaron la botella y Esteban fue por otra a la cocina. Cuando volvió, Diana dormía en la hamaca. Adriana la miraba.
—Es una buena muchacha -dijo.
Esteban sirvió dos copas. Vio el pelo negro, largo, de Diana caer por fuera de la hamaca. Fue por una cobija y la cubrió. Volvió al asiento. Adriana se sentó sobre sus piernas.
—Quiero que me hagas el amor -dijo abrazándolo.
—Espera un poco -dijo Esteban señalando a Diana-. Esperemos a que esté bien dormida.
—Entonces dame un trago.
Juntaron las copas y bebieron. Adriana bajó un poco el volumen.
—¿Recuerdas cuando murió papá?
Esteban prendió un cigarrillo.
—Me sentí culpable por no estar a su lado... estuve tres días sin poder dormir... ¿recuerdas? Esperaba que papá apareciera en cualquier momento.
Esteban la abrazó. Adriana se recostó en su hombro.
—Papá era toda mi familia... -susurró-. Cuando murió mamá no volvió a comprometerse... no quería ponerme una madrastra... me decía...
Se limpió una lágrima. Esteban le recogió el pelo detrás de las orejas y la besó en la frente.
—¿Recuerdas...?
Metió el rostro en el pecho de Esteban y lloró.
—Vamos a dormir -dijo Esteban
Adriana se limpió el rostro con una bufanda. Soltó una risa de borracha. Pidió una copa y miró hacia la carretera. Enseguida acercó la cara a Esteban hasta tocarle la nariz.
—¿Recuerdas...?
Esteban recordó aquella tarde, al llegar a casa con la noticia. Adriana corrió al cuarto y se tiró sobre la cama a llorar. No sabía como actuar. Recordó la velación y el entierro, su incapacidad para manejar aquella situación. Se veía de saco y corbata, recibiendo los pésames, sin hablar ni escuchar.
—Me compraste dos botellas de brandy para que me emborrachara y durmiera.
También lo recordó, los dos en silencio en la sala, tres días después, acabando una botella, empezando la segunda.
—¿Qué podía hacer ante la muerte de papá?
Aquella noche no aguantó el silencio. Puso música. Se sentó al lado del tocadiscos y colocó a todo volumen Sonido bestial. Y luego Agúzate. Después pachangas, la Sonora Matancera. Y al rato bailaron en silencio, como dos desconocidos.
—Papá muerto y nosotros bailando -dijo.
—Era lo que teníamos que hacer -dijo Esteban con voz ronca.
—¿Y luego?
Bailaron y bebieron hasta quedar agotados. Se acariciaron. En el suelo hicieron el amor.
—Papá muerto y nosotros haciendo el amor -dijo.
Esteban sirvió dos copas.
—Quiero café -dijo Adriana. Se levantó y fue a la cocina a hervir el agua. Regresó y se paró en el marco de la puerta. Dijo-: Quiero ver el sitio donde murió el muchacho, Esteban... quiero que me lleves ahora.
Volvió a la cocina.
Esteban no había vuelto a pensar en el muchacho. La última vez que estuvo en el lugar del accidente, se puso el pantalón de baño y nadó, como perrito, treinta metros adentro. Luego volvió y se sentó en la orilla. Al rato fue a la cabaña. Allí se cambió de ropa, se acostó en la hamaca con la manta y leyó el capítulo trece de El guardián entre el centeno. Enseguida montó en la camioneta y fue a Darién. Paró en una licorera y le preguntó al dueño por el ahogado de días atrás. Este le preguntó a su mujer y ésta a su hija. Ni siquiera oyeron la noticia. Le preguntaron si era familiar o conocido. Esteban dijo que no. Compró cervezas y volvió a la cabaña. Desde entonces lo aceptó como si fuese una noticia extraña, lejana pero íntima. Cuando llegaron Adriana y Diana, lo había olvidado por completo. Lo recordó otra vez una tarde en la que Diana tocó el tema. No quiso hablar. Es algo superado, dijo.
—Quiero ver el sitio ahora -repitió Adriana. Despertó a Diana y le brindó café. No quería. Se sentó a un lado y ella misma se lo dio a sorbos pequeños.
—Nos vamos de camping -dijo.
Diana acabó de despertar. Tomó el último trago de café y preguntó qué pasaba.
—Vamos a dormir a la orilla del lago -respondió Adriana acariciándola en la mejilla.
—Tengo frío -dijo Diana cubriéndose con la cobija.
—Llevaremos la carpa.
Le quitó la cobija, la tomó por los hombros y la sacudió.
—Vamos... -dijo.
Fueron a la cocina. Esteban oyó el murmullo de las voces. Al rato salieron. Les dijo que no iba. Adriana y Diana volvieron a beber. Subieron el volumen, lo obligaron a bailar, a colocar música. Una hora después iban en la camioneta.
—Es aquí -dijo Esteban.
—Es allá -señaló Adriana. Se miraron. Agregó-: ese es el sitio donde venimos a mojarnos los pies.
Mientras las mujeres armaban la carpa, Esteban volvió a recordar la tarde de la muerte del muchacho. Si se hubiera quedado un rato junto a ellos hubiera podido salvarle la vida. Caminó hasta el sitio donde oyó los gritos y se devolvió. Preparó una hoguera y se sentó frente al fuego con la botella en las manos. Adriana y Diana se hicieron a lado y lado, frotándose narices y orejas. Diana recordó una excursión estudiantil.
—Estábamos en Puerto Buga y confundimos la botella de petróleo con la de aguardiente... la hoguera no prendía y sólo al final, cuando la habíamos vaciado, supimos el error.
Adriana rió. Le preguntó a Esteban si alguna vez le había sucedido. Esteban no comprendió. De repente se desconectó de las risas, de la hoguera, del lago. Cruzó los brazos alrededor de las piernas y apoyó la cabeza en las rodillas. Se sentía mareado, solitario en medio de la noche fría.
Sintió que lo besaban. Era Diana. Levantó la cabeza.
—Ven -le dijo-. Vamos a la carpa.
De la hoguera quedaban unos carbones encendidos. La camioneta no estaba.
—¿Y Adriana?
Lo siguió besando.
—Fue a Darién por aguardiente -dijo.
Lo arrastró a la carpa, lo desnudó y le hizo el amor.
—Tenemos que vestirnos -dijo Esteban-. Adriana no demora.
Se hizo a un lado y buscó cigarrillos en la maleta. Encontró una botella de aguardiente, sin abrir. La dejó a un lado y siguió buscando. Miró la botella. Preguntó otra vez por Adriana.
—Fue a Darién por aguardiente -dijo Diana quitándose el pelo del rostro-. Ella demora un poco.
—Pero... si aquí hay aguardiente.
Diana estiró una mano y lo tocó.
—Ven, ella demora -repitió-. Ven...
Entonces comprendió. Levantó la botella y se la mostró. La abrió y bebió. Luego se acostó estirando los pies.
—¿Cuándo te vas? -preguntó.
—Mañana.
Tenía frío. Le pidió que la abrazara. Esteban la cubrió con una de las cobijas.
—¿Cuánto te paga? -preguntó.
—¿Qué?
Diana levantó la cabeza.
—¿Cuánto te paga?
Diana se sentó.
—Ella te quiere -dijo.
Esteban cerró los ojos.
—Todos estos días en las tardes... Adriana siempre iba a Darién... como ahora... para dejarnos solos...
Diana escondió la mirada.
—Ella te quiere -dijo.
Se vistió. Caminó en cuatro patas a la puerta de la carpa. Antes de salir preguntó:
—Por una vez, dime la verdad: es cierto lo de tu separación.
Esperó unos momentos. Diana lo miraba. No valía la pena.
Afuera sintió frío. Caminó hasta la hoguera y la atizó con ramitas. Prendió un cigarrillo y fue al borde del lago. Fumó la mitad y lo botó al agua.