Voces lejanas, voces cercanas


Irene Vasco

Para el pequeño Antonio, nacido esta tarde


Acaricio los dedos de Antonio, que acaba de llegar al mundo.
A modo de bienvenida repito:
Pizingaña, pizingaña
jugaremos a la araña.
¿Con qué mano? Con la cortada.
¿Quién la cortó? El hacha.
¿Dónde está el hacha? Cortando la leña…
Mientras tomo las manos del chiquito repitiendo este conjuro mágico, transformo a Antonio en un ser de ritmos, melodías, cadencias, rimas, símbolos. El bebé hace parte ahora del reino de las palabras.
Mi voz no está sola. Llega acompañada del recuerdo de mi abuela Zaza, quien, con uñas largas, siempre pintadas de rojo, me repetía estas mismas misteriosas, rituales, cadenciosas palabras del pizingaña, pellizcando levemente mis manos. Como arañitas burbujeantes, los versos alcanzaban mis dedos, subían hasta los codos y me llenaban al fin todo el cuerpo.
¿De dónde sacaba mi abuela palabras tan cargadas de magia? En ese entonces no me lo preguntaba. Pasaban los años y tampoco me interesaba saber.
Mucho tiempo después nacieron mis hijos. Repasé con ellos los juegos y las palabras mil veces repetidas a dúo con la abuela y al fin aprendidas. No sólo el pizingaña. Otras más difíciles, las de contar las esdrújulas —"esdrújula", ¡qué palabra más misteriosa!— quedaron grabadas en mí y en mis hijos.

En noche lóbrega, galán incógnito las calles céntricas atravesó, al pie de espléndidas ventanas mórbidas templó su cítara y así cantó: virgen purísima de faz angélica que en blancas sábanas durmiendo estás, despierta y óyeme que entre mis quejas suspiros pródigos recibirás. Pero la sílfide que oyó este cántico entre sus sábanas se revolvió y dijo: cáscaras, a este gaznápiro no le abro yo porque si es fría la noche y ábrole, me viene es céfiro a constipar. El pobre músico guardó su cítara y a otra prójima le fue a cantar.

¿Dónde nacieron estas palabras de la abuela que ya heredábamos tres generaciones? ¿Hasta que lejano antepasado se remontan? Aún no me interesaba saberlo, sólo las repetía y transmitía para sentir cercana la voz del afecto.
Un día me convertí en abuela yo misma. Las palabras rituales alcanzaron, a través de mi voz, a una nueva generación. Entonces quise saber más. No fue suficiente remitirme a los ecos. Comencé a preguntar, a averiguar por aquí y por allá. La búsqueda del origen de las palabras no me llevó a ninguna parte: nunca pude saber dónde nacían las palabras.
La verdad es que pronto la búsqueda del origen del pizingaña se tornó en la búsqueda de las personas de carne y hueso, de las historias que había oído a medias, y que de un momento a otro se volvieron prioritarias. Quise seguir las huellas de los que antes habían pronunciado las palabras, sin importarme de dónde las habían sacado.
Devolviendo el camino como en un tren que corría hacia atrás, supe de los padres de mi abuela Zaza, mis bisabuelos antioqueños. Poco a poco fui entendiendo cómo domesticaron las montañas, tan indómitas y tercas como sus habitantes. Seguí sus huellas de manera, paradójicamente, fácil y difícil: había tal avalancha de información que a veces me perdía en esta travesura de escarbar en el pasado. En Antioquia las familias, las relaciones, los apellidos, los álbumes, los documentos, son cuidadosamente guardados y transmitidos a quien se interese. Yo estaba interesada. Oír, leer, mirar, pasear por tanta historia, fue perderme y encontrarme a cada instante, casi como si estuviera en medio de un laberinto.
Este viaje no fue solitario. Por el contrario, la travesía estuvo acompañada, seguida, hasta perseguida, por mi familia, por mis amigos e incluso por fantasmas, que, de manera extrañamente coincidencial, se atravesaron en el camino.
Mi primer cómplice fue mi papá, Gustavo Vasco, con quien hice un viaje entrañable por carreteras y pueblos, hasta las casas donde habían vivido mis bisabuelos. Visitamos, saludamos a muchas personas que me hicieron comprender los hilos invisibles de la historia, oyendo las voces del pasado, respirando la atmósfera del espíritu antioqueño.
Durante un paseo por Titiribí, Caldas y La Estrella, mi papá me contó anécdotas, me mostró paisajes, me explicó.
Aquí en Titiribí vivía el "negro Zapata". Hay quienes dicen que fue nuestro bisabuelo, aunque nadie quiera reconocer un origen "tan oscuro". Cuando era niño me trajeron a despedirme de él en su lecho de muerte. Era un hombre importante a pesar del color de su piel.
¿El "negro Zapata" mi tatarabuelo? Dentro de mí me hago a la idea de un esclavo, atado a las minas de oro de El Zancudo, venido a más quién sabe por qué extrañas razones.
No tengo tiempo de darle más vueltas a esta sugestiva historia cuando llegamos a La Estrella, donde mis otros bisabuelos vivían y trabajaban.
Don Rafael era maestro y escribano… Doña Aurelia era la mejor costurera de camisas de varios pueblos a la redonda... Aquí tenía la máquina de coser… Tus abuelos Gustavo y Esperanza eran comerciantes de telas. En este local quedaba su almacén, muy bien ubicado por estar cerca de la plaza, cerca de la iglesia….
Después del paseo siguen mis pesquizas. Las mujeres, Lucía Vasco y Julieta Muñoz, con sus largas, meticulosas, bien informadas historias, en visitas sin afán, como se hacen las visitas en Antioquia, me fueron poniendo al día en quién era quién, de dónde venía y hacia donde iba la familia hace unos cien años.
Ahora tengo una versión tal vez algo fabulada de la migración vivida por varias generaciones. El "negro Zapata" tuvo hijos y nietos que se desperdigaron por el sur del departamento. Uno de ellos, mi abuelo, comerciaba con telas. Durante las fiestas patronales de La Chinca en La Estrella, don Gustavo conoció a mi abuela, doña Esperanza, que llegaba del norte de Antioquia.
Mi bisabuelo Rafael Muñoz fue alcalde y maestro en varios municipios. Vivió en Donmatías, San Vicente y Girardota. Cuando se cansó de cambiar de lugares, se estableció en La Estrella, se convirtió en escribano y dedicó buena parte de su tiempo a la educación. Así, de uno en uno, el rompecabezas ha ido tomando forma, y mientras intento rescatarlo lo voy contando a los más pequeños. Ya ellos harán sus propias búsquedas en el momento apropiado.
¡Don Rafael, doña Aurelia, doña Esperanza, don Gustavo! ¿Qué llevará de tantos "dones" este pequeño Antonio a quien hoy doy la bienvenida al mundo?
Mezclas, razas, culturas, una sola religión, unas mismas palabras fue lo que encontré. Entendí que las vidas de esclavos, maestros y comerciantes, artesanas, al migrar entre las montañas se fueron combinando. Los lugares cambiaron, las profesiones cambiaron, la manera de acomodarse en el mundo cambió. Pero las palabras mágicas permanecieron. Siguen acompañando a este recién nacido que hoy se incorpora al universo del pizingaña, pizingaña, jugaremos a la araña… ¿Hasta cuándo lo acompañarán? ¿Hasta qué remoto lugar del universo las arañitas burbujeantes, los versos que alcanzaban mis dedos, subiendo hasta los codos, llenándome todo el cuerpo, seguirán convirtiendo a los recién nacidos en seres de símbolos y de palabras de una misma familia?
No lo puedo decir. Nadie lo puede decir. Eso no importa. Pizingaña, pizingaña, pequeño Antonio, bienvenido al mundo de las palabras.

Irene Vasco
Colombia. A lo largo de veinte años ha escrito y publicado libros para niños y jóvenes en distintas casas editoriales, entre ellas Alfaguara, Fondo de Cultura Económica México, Norma, Panamericana, AAA-Brasil, Random House Mondadori, Educar Cultural y Ediciones B. Es promotora del programa La Imprenta Manual, que tiene como fin la formación de productores de textos. Fue fundadora y directora de la Librería Espantapájaros en Bogotá y de su proyecto pedagógico. Algunos de sus muchos libros son: La sombra de la escalera, En la sala de espera, Como todos los días.

 

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