El inquilino

 



Paloma Pérez Sastre

 

 

Se queda sordo y mudo en ocasiones,
circunstancialmente, el corazón. Se sustrae
encerrándose en impenetrable silencio
o se va lejos

María Zambrano

 

 

Hace quince días en su piso del ensanche izquierdo, Isabel se dio cuenta de que tenía una garrapata en la cabeza. No había una explicación distinta al viaje que habíamos hecho a la masía de mi amiga Montserrat en el Penedés quince días antes, y la peculiar relación que la niña había estable­cido con Inqui, el gato. Yo no sabía que los gatos portaran garrapatas, creía que éstas sólo buscaban la sangre de las vacas.

Montserrat y Albert son los dueños de la casa desde hace dos años. Ambos, próximos a los cincuenta, son maestros de bachillerato. Ella de latín y griego, y él, en otro momento ingeniero exitoso, profesor de mate­máticas por elección. Yo había conocido a Montse diez años antes, y en cuanto supo que estaba en Barcelona, me invitó con Arturo, mi hijo, e Isabel, mi nieta, a pasar el fin de semana. Albert no podría acompa­ñar­nos, pues iría a Valencia a visitar a las dos hijas de su primer matrimo­nio. Se nos uniría, en cambio, un primo suyo, sacerdote, rector del colegio parroquial de un pueblo de la región.

Montse nos recogió en su coche, y en un bar de Villa Franca nos encontramos con Manuel, su primo. El plan era hacer allí el aperitivo y, saltándonos el almuerzo (que ni falta hizo por la cantidad de tapas de mariscos con pan con tomate y varias botellas de cava, el orgullo de la región, que nos tomamos), cenar temprano en la Masía.

Le calculé al cura más o menos mi edad. Se interesó por el propósito de mi viaje y por mis ocupaciones en Medellín. Y, una vez más, tuve que oír decir:

— Tenéis problemas allí ¿verdad?

Elogió los paisajes colombianos y aseguró que tenía buen concepto de los trabajadores de esa nacionalidad por leales y disponibles, que vivían, cada vez en mayor número, en su pueblo. Era elegante y cortés. Parecía culto, buen lector y asiduo viajero; pero algo extraño y misterioso emanaba de él. Me miraba con cierta insistencia, y yo empecé a sentir curiosidad.

Me había divorciado hacía casi veinte años, y luego de varios amantes y de mucha rumba, me había dedicado al trabajo académico. La ausencia de Arturo me había replegado aún más, y había descartado por convicción la posibilidad de volver a casarme; pero me resistía a renunciar al sexo. La fantasía de tener un amante que sólo me visitara de noche revivió con la mirada de ese hombre, cuya condición no representaría obstáculo.

Inqui, de “inquilino”, era el nombre con que la anterior dueña de la masía, criadora de caballos árabes, había bautizado al gato que como “vecino” respetuoso y distante se relacionaba con sus amos. Era un gato común: gris opaco, con rayas y manchas de tigre veladas. Estaba gordo, y era evidente su condición rústica. Tenía prohibido entrar a la casa y por la noche se sentaba en el sillar de la ventana de la cocina. Montse y Albert lo alimentaban con cuido los fines de semana y le dejaban una provisión cuando se iban. De todos modos, no parecían ocuparse mucho de él.

Está tan gordo, que se nota que en otras casas lo alimentan —dijo Montse.

Isabel descubrió al gato en cuanto llegamos, al lado del edificio de lo que fue el granero, y desde el principio se mostró obstinada en su torpe empeño por lograr en catalán la amistad y la obediencia del felino, que si bien mostró buena voluntad, no dejó de guardar distancias.

Mimetizada con su entorno, la casa de altas paredes del color de la piedra, tiene un siglo, y es una de las menos viejas de la región, pues las hay de doscientos y más años. La ley prohíbe las construcciones nuevas y hasta transformar las fachadas, como si la delicadeza del paisaje hubiera obligado a un trato acorde con su sobria dignidad. La zona es montañosa, de curvas suaves, parca en vegetación, y sustento de vides y granos. La luz clara del otoño y un viento apenas perceptible me robaron la atención, y me sumieron en un estado de contemplación del que sólo saldría el día siguiente, con lo que pasó.

Dentro de la casa, la tosquedad de los materiales, la simpleza y el pragmatismo del diseño delataban la dureza de la vida de los moradores originales. Sentí más la ausencia de los pagesos que la presencia de mis amigos. Imaginé el frío tremendo y la enfermedad en esos espacios ahora con calefacción, ventanas de vidrio y baños enchapados. En otros tiempos, el primer piso estaba dedicado a la cocina y los animales y el segundo a la vivienda. En la repartición de las habitaciones, la niña y yo elegimos la de abajo, que me llamó la atención desde el principio por las muy acentuadas curvas que tiene el marco de la puerta en la mitad: con la forma de la barriga de las vacas. El cuarto conservaba el comedero de las bestias en forma de bandeja y tiene una única ventanita muy alta. La anfitriona, el primo y Arturo se alojaron arriba.

Extraña situación la de Arturo. A sus veinticinco se encontraba viviendo solo con su hija, pues la esposa hacía poco se había largado para Medellín en una de sus incontables rabietas. Ella solía amenazarlo con irse y con suicidarse, pero había optado por lo primero. Ni él ni la cría, en un mundo muy de ellos, parecían preocupados, y mi viaje concebido tiempo atrás no obedecía a que necesitaran mi compañía. Mis motivos tenían más que ver con una canción de Serrat, con aquello de “harta ya de estar harta...” cansada de sentirme impotente frente a tanta sinrazón, tanta mediocridad propia, tantos recuerdos tatuados y tantas culpas inexpiables. En fin, que a los cuarenta y seis, una vuelta por mi jaula me haría bien.

El menú de la cena fue butifarra, un embutido fresco y ligero, tortilla de papas, ensalada y pan de pages con tomate, con vino de la región. La cocina, ahora equipada con la tecnología imprescindible, conservaba la barbacoa, el horno de leña y el comedor en el centro. Montse se encargó de la lenta y amorosa preparación de la tortilla, en bajo y con aceite de oliva. Los demás, a la discreta tarea de la ensalada, el pan y la mesa. En esa ocasión los temas fueron la aspiración de autonomía de Cataluña y la guerra civil española. Mi amiga contó que su padre y el de Albert, republicanos, habían combatido y padecido cárcel, y que su padre no había dejado que en su casa se hablara del tema. Con la muerte del caudillo se levantó la veda y le salieron todas las historias como cascadas.

El domingo, las repetidas vueltas de la niña en la cama me despertaron muy temprano, y, aunque hubiera querido prolongar la experiencia plácida de dormir en esa casa, entendí que la excitación del día anterior no había aminorado. En cuanto abrí la puerta corrió a llamar al gato y a insistir en enseñarle a jugar al muy esquivo. Mientras tanto se quejaba de los mosquitos y la maleza. Sus torpes movimientos delataban su cotidianidad urbana, aunque tiene la suerte ir al colegio público del Parque de la Ciudadela, cuyo patio da a la jaula de los elefantes y huele a zoológico.

Hice jugo de naranja y me senté con mi libro bajo la parra de la entrada y de frente a la carretera. El padre Manuel salió risueño, de pantalón corto, camiseta y gorra. Se veía muy gracioso, pues aunque la ropa era impecable y moderna, la estrechez de hombros y una barriguita invisible el día anterior, le daban un aspecto cómico. Le ofrecí jugo, pero declinó la invitación y se fue feliz con un trotecito corto de calentamiento.

Me quedé mirándolo hasta que desapareció, mientras recordaba la conversación que había tenido con él después de la cena, cuando repitió varias veces en tono meloso:

—Yo siento tanto la vida, no te imaginas...

La desconcertante y huera afirmación hizo que mi curiosidad inicial se fuera tornando en una cierta aversión cuando me confesó sin ton ni son que nunca había tenido relaciones sexuales y que era un neurótico irredimible.

Por un rato largo dejé vagar el pensamiento y la atención entre las sensaciones del viento y la luz, el libro y la observación de los juegos del dúo incompatible. De pronto, aparecieron por la derecha unos cazadores. Primero dos hombres mayores vestidos con el atuendo completo y las armas en la mano.

—Hola, buenos días –saludaron, y siguieron su camino.

Después pasaron otros dos, uno mayor y otro como de treinta años. Más tarde pude verlos en la montaña de enfrente y, por separado, adentrarse en un camino. Se oyeron disparos. Me pregunté si sería peligroso y recordé que en un barrio de Medellín combatían las milicias urbanas y el ejército, y que dos estudiantes de la universidad donde trabajo habían resultado muertos por balas perdidas. Lo había visto en el telediario. Tuve una sensación de desaliento.

Busqué a Isabel en la parte posterior de la casa y le advertí sobre la forma de coger al animal, pues ya se había ganado unos largos y profundos arañazos el día anterior, y entré a la casa para organizar el cuarto y disponer la mesa para el desayuno.

Cuando Arturo bajó, me preguntó por la niña. Le dije que estaba afuera jugando con el gato; salió y le oí gritar varias veces:

—Isabel, Isabel, Isabel...

Al rato entró ofuscado diciendo que no encontraba a la niña y reprochándome por haberla dejado sola.

— ¡Mamá, por dios!.
—Tranquilízate, hijo, debe estar por aquí. Estaba jugando con el gato. A lo mejor, ya la conoces, está jugando a los escondites contigo.

En esas Montse bajó y salimos los tres. Ella, conocedora de la finca subió la ladera de la colina en la que se recuesta la casa. Mientras tanto, yo buscaba en el granero y en el antiguo establo de los caballos convencida de la teoría de los escondites, pues a eso habíamos jugado la tarde anterior. Las plantas silvestres de romero y tomillo me rozaban las piernas, y sentí no poder detenerme a frotarlas para aspirar el olor.

Entre tanto, Arturo caminó de un lado al otro de la carretera llamando a su hija. Muy cerca seguían oyéndose los disparos. Alcé la vista y vi a los cazadores que corrían en la montaña de enfrente. Busqué sin resultados en el tanque de agua y volví a la casa. El semblante descompuesto de Montse me llenó de inquietud.

— ¿Dónde está Manuel? ¿en qué dirección se marchó? — preguntó.

Le señalé la derecha.

— ¿Isabel lo vio irse? –volvió a preguntar.

¿Por qué se ponía así? ¿a qué aludía? ¿por qué en vez de ser un consuelo la posibilidad de que el sacerdote estuviera con la niña, era motivo de inquietud? Una idea intolerable me hirió el pensamiento, pero no dije nada.

Arturo volvió con evidentes muestras de desesperación, y Montse propuso que él y yo fuéramos hacia la derecha, en la dirección que habían tomado los cazadores. Ella iría en el sentido contrario.

Apuramos el paso. Lo que siguió fue una pesadilla de culpas y rencores. En su desesperación, Arturo sacó a relucir otra vez la factura impagable mil veces cobrada. Volvía a flotar la separación y el sufrimiento inmenso que trajo consigo. Por mi lado, la culpa que ya creía superada se me plantó y me dio una bofetada. De repente entendí la razón del presentimiento difuso de que volver a España significaba un riesgo.

— Tú eres la responsable, no produces sino dolor. Ahora sí vas a acabar conmigo, mamá. –dijo entre lágrimas.

— ¡Cuidado con la cría! — se oyó gritar a un hombre a la vez que sonaban disparos.

Arturo palideció y corrió en la dirección de los gritos; yo me quedé paralizada y me llevé las manos a la cabeza. Tardé en reaccionar y lo seguí. A la derecha y hacia abajo, descubrí un grupo y me acerqué esquivando las zarzas. En medio de los cazadores descubrí a la niña llorando abrazada a su papá mirando al gato ensangrentado en el suelo.

Metí el cuerpo de Inqui en una bolsa sucia, que por puro automatismo ambientalista había recogido, y volvimos a la casa en silencio. Manuel esperaba en la puerta recién bañado.

 

Profesora de cátedra de la Facultad de Comunicaciones.


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente