La pared descascarada

 

 

Esther Fleisacher


 

Yo no podía creer que alguien que rezaba como si estuviera entregando su alma a Dios en cada palabra, como si dejara de ser cuerpo para ser voz, se abalanzara así sobre la comida. En la próxima fiesta estaría atenta, quería ver la montaña en su plato; juntaba sal y dulce y tragaba con la misma boca que usaba para rezar y conversar con Dios. Después de engullir todo sin levantar la mirada, llenaba sus bolsillos de plástico con lo que le cabía: panes, frutas, postres y pescado.
A pesar de mi empeño por llegar a tiempo, me entretenía conversando o jugando y cuando llegaba al salón del bufete ya no había rastro de don Eliécer. Era el primero en servirse, comer y salir, con los bolsillos cargados de manjares hechos un amasijo.
Mi madre despidió a la última empleada que tuvimos porque le descubrió comida en el bolso; a pesar de las explicaciones y los ruegos de Rosa, tuvo que irse después de dos años de servicio. Rosa y don Eliécer pasaron a ser personajes frecuentes en las bromas de mis hermanos; hasta que mi padre intervino.
—No tienen idea, hijos, de lo que hay detrás de esos bolsillos llenos de comida. Todo es posible en un hombre que estuvo años sin ver la luz del sol.
—Papá, porfis, cuéntanos la historia de don Eliécer.
Yo era la única hija mujer y la menor, sabía que mi padre sentía debilidad por mis ojos curiosos. Accedió, miré a mis hermanos con cara de triunfo, siempre se había rehusado a relatarnos esa historia. Hasta mamá, que tenía cosas pendientes por hacer, se acomodó en la silla para escucharlo.
—Era vecino nuestro, tenía esposa y una hija delicada, de piel rosada. Vivíamos en un caserío arrinconado por el mundo: caminos pantanosos la mayor parte del año, casas destartaladas, techos remendados con pedazos de lata y un frío que hacía doler los huesos, a pesar de que yo era un niño. Aguantábamos hambre y estábamos a merced de los ejércitos y bandidos de paso. Los lugareños, con el desamparo como única compañía de años y años de abandono, hallaron en las ideas antisemitas un chispazo que los hacía sentir vivos. En una ocasión, don Eliécer vio matar a un niño ante la mirada suplicante de los padres; nada pudieron hacer frente a la decisión obstinada de cinco borrachos que increpaban a nuestro pueblo.
A partir de ese momento empezó a sentir un temor y una desazón que le hirieron el alma; que eso podría ocurrirle a Raquel, su hija, era un pensamiento que no lo abandonaba. Tomó la decisión de buscar nuevos horizontes, no podía quedarse inerme ante la barbarie que lo rodeaba. Se fue con la idea de volver pronto por su familia.
Dejó su país esperanza de encontrar al tío David, vivía en Varsovia y tenía noticias de su generosidad; el primo Iosi había salido adelante gracias a su ayuda. Trabajando, caminando grandes trechos y con su mujer e hija en la cabeza, después de varios meses llegó a la ciudad, donde se enteró de que el tío con toda la familia había emigrado a América. Tenía todas sus esperanzas puestas en él y el impacto de la noticia lo minó, enfermo perdió el rumbo y la voluntad. Cuando se recuperó quiso regresar, pero la Segunda Guerra Mundial había empezado. Unos conocidos del tío lo atendieron mientras se recuperaba y terminaron por encariñarse con él; les parecía una persona inofensiva y tierna, había que escuchar cómo hablaba de los temores que lo habían empujado a buscar una nueva vida. Lo escondieron en un sótano, pero la guerra con toda la adversidad que conlleva, no permitía que por días y hasta semanas le pudieran facilitar un bocado de comida. Era un lugar viejo y húmedo, donde se entretenía en descascarar la pared y pasarla con tragos de agua. Soportó el encierro con la convicción de que su mujer y su hija estaban a salvo, qué podía importarle a los alemanes un caserío helado.
Nadie sabe a ciencia cierta cómo sobrevivió; se presume que fueron años los que pasó encerrado.
Cuando lo sacaron del sótano, con la buena nueva del triunfo de los Aliados, la alegría no le duró: al enterarse de que el monarca de Rumania había apoyado a los alemanes y consentido la ocupación del territorio. Volver sería otra manera de morir, su país había quedado bajo el régimen soviético. Fue a dar a un campo de refugiados, allí supo que los nazis habían esculcado palmo a palmo todas las regiones que invadieron, deportando a los judíos a campos de exterminio.
Nunca ha perdido las esperanzas de tener noticias de la esposa y la hija; semanalmente envía cartas a organizaciones que puedan ayudarle en su búsqueda. Siempre las tiene en la cabeza, se dice que hizo un testamento donde ellas son sus herederas.
No es muy claro cómo llegó a América ni a nuestra ciudad. En medio del despiste don Eliécer ha tenido suerte y se ha dejado llevar por la vida. Amasó una considerable fortuna con las ventas, pero vive de manera oscura y austera. Corre el rumor de que trasiega por piezas de alquiler mal iluminadas, que sólo posee dos mudas de ropa barata, que tiene mujeres ocasionales y que las pesadillas nocturnas nunca lo han abandonado.
Un quiebre en la voz de mi padre, nos hizo saber que el relato había terminado. No supimos qué decirle cuando vimos lágrimas en sus mejillas.
La abuela Sara, la mamá de papá, vino de visita hace poco. Vive en Barranquilla con el señor Cohen, su nuevo esposo. La vi saludar con especial atención a don Eliécer el viernes en la sinagoga, después del rezo.
—Abuelita, ¿don Eliécer es amigo tuyo?
—Nos conocemos de toda la vida, éramos vecinos y casi llegamos a ser de la familia.
—¿Cómo así, te ibas a casar con él? –pregunté confundida.
La abuela me miró con ojos impacientes.
—Raquel, su hija, era una niña tan bella que parecía un retrato. Fue el primer amor de tu padre. Tu papá de quince años, me pedía que lo dejara casar con ella que tenía doce, así la podríamos traer a América con nosotros. Tu abuelo, que en paz descanse, siempre se preocupó por cumplir la ley según las escrituras, y negó el permiso. Don Eliécer estaba de viaje, y no era posible celebrar una boda sin el consentimiento del padre de la novia.


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