Laura

Anuar Bolaños



Cuando llegó, Laura se sentó frente a mí y empezó a hablarme de no sé qué vaina que le había pasado a su hermana antes de salir y por eso había llegado tarde. Yo realmente nunca le prestaba atención a lo que decía. La invitaba a tomar café con pastelillos de mora los sábados por la tarde en los altos de la Librería Olvido con la sola intención de aliviar mis días de desempleado y zafar mi mente de tanta idea inútil con que llenaba las horas. Sus tardanzas en nada me tocaban. Incluso disfrutaba de la espera como un suceso de quietud que me permitía aceptar la monotonía de mi vida sin aburrirme.
Ese fue el sitio de encuentro desde el día en que coincidimos buscando revistas. Ella de moda, yo de superhéroes. Días después pasaríamos a las de pornografía. Sin malicia, más bien con una curio­sidad distraída, casi insípida. No recuerdo bien cómo comenzamos a charlar aunque de entrada Laura me cautivó con sus labios en forma de eme mayúscula. Su voz era suave, blanda, aunque su dicción era caótica. Pronunciaba eses al final de palabras que no las tenían.
Estaba vestida del mismo modo barrio popular que tanto me chocaba. Su dosis de maquillaje de telenovela y el perfume de tienda del centro le aumentaban su aura campesina. A pesar de ser tan hermosa Laura no siempre lucía agraciada. Usaba demasiadas pulseras, metálicas y ruidosas. Alta, muy delgada, de pocas curvas y sin matices en la piel, albergaba toda su fuerza seductora en sus enormes ojos negros. Expresivos y coquetos, acompañados de cejas bien dibujadas y pestañas espesas, me hacían hervir con cualquier insinuación de reojo. Aunque no sabía caminar con los tacones en que se encaramaba tenía un leve contoneo de caderas que me aceleraba el resuello. Con sólo poner mi mano sobre su talle ambos sentíamos la urgencia de realizar un ensamblaje total.
Cuando le hablaba cochinadas al oído sonreía y al tiempo se saboreaba con un gesto vulgar, provocativo.
Era una joven linda y plana. Cero imán, cero perspectiva. Pero exquisita en textura, color y sabor. Y me decía que sí a todo lo que yo le propusiera, desde encerrarnos en el baño de un centro comercial hasta comer carne cruda. Así que yo me dedicaba a mirarla con paciencia y a entretenerla con historias de viajes inventados que la hacían suspirar mientras amasaba sus pechos diminutos. No se inmutaba con mis abusos en público con tal de que la llevara cogida de la mano. Curiosamente nunca me sentí ridículo por esto.
Laura a menudo tenía cara de estar escuchando las palabras por primera vez. Se perdía en ensoñaciones borrosas y sólo volvía en sí cuando yo empezaba a hablarle de los planes para el fin de semana, que por lo general eran los mismos: ir primero al balneario a nadar un rato, tomar cerveza y comer tostadas de plátano con guiso para acabar en mi cuarto alquilado en Loma Alta. Con las ventanas abiertas, la brisa del atardecer y el cielo descolorido huérfano del sol, gastábamos hasta el último vatio en agites de ritmos variados. Terminábamos en silencio. Ella contemplando la ciudad y yo pen­sando de dónde sacaríamos para las idas al balneario y las revistas cuando su hermana se cansara de darle dinero.
Durante los encuentros de café yo no podía concentrarme en lo que me decía pues mi cabeza estaba puesta en lo que iba a hacerle tan pronto llegáramos al cuarto. Ella lo tuvo claro desde el principio y acudió con gusto. Sólo exigía que hubiera revistas nuevas. De moda, de viajes, de decoración de interiores. Sin que ella lo dijera supe que esperaba que nos fuéramos a vivir juntos. Suspiraba por una casa en las afueras con cuartos grandes y un patio donde pudiera tener un labrador amarillo. Nunca le esquivé la mirada pues con ese temple no le dejaba espacio para que me contara sus planes. Además cuando le daba por escudriñarme la vida soltaba una sarta de preguntas rebuscadas que en el fondo apuntaban a averiguar si yo salía con otras mujeres. En la narración que me hacía de sus sueños yo intuía un desperfecto en su forma de ser que anunciaba melancolías o iras incontrolables. Su pasado era una zona fangosa de la cual me mantuve a distancia.
Sin embargo, estoy seguro de que su inocencia era real. Nunca entendía las frases de doble sentido. Yo terminé aceptando esa avería en su sentido del humor y le explicaba los chistes casi con dibujos.
Laura era una anfitriona maravillosa. Decía que le encantaba verme comer, que le gustaba mi manera de deleitarme con cada bo­cado. Me atendía en mi propio hábitat como si fuera yo el visitante. Arreglaba el desorden, limpiaba con vinagre el par de muebles que había y cambiaba las imágenes del tablero de corcho que recor­taba de las revistas. Mis camisas de cuadros eran tratadas con un cariño especial como si de ellas dependiera todo mi atractivo. Sus masajes eran perfectos a pesar de tener las manos tan delgadas. Lo único que nunca le pude soportar fue el mal olor de su pelo, sólo lo lavaba cada ocho días. Cuando sus vapores durante el cuerpo a cuerpo empezaron a asfixiarme de modo irresistible, no volví a invitarla a tomar café aunque desde la primera vez fue ella quien siempre pagó la cuenta.
Laura se aparecía en mi cuarto sin previo aviso, amplió sus visitas a los días de semana y dejó en el armario una piyama de encaje rojo que nunca llegó a usar. Yo no me inmutaba con su presencia y más bien disfrutaba de los enlatados y la charcutería que me dejaba. Eso sí, hablaba más que una lora mojada sobre programas de televisión que yo ni siquiera sabía que existían. Y yo mudo, sin soltar ni un monosílabo, pensando que no hay palabra que supere el silencio ni mujer que no te confunda con sus peticiones entrelíneas.
Por fin conseguí empleo en una bodega de reciclaje del centro arrumando cajas de billetes de lotería vencidos. Me la pasaba fa­tigado a toda hora y Laura se aburría de verme tirado en la cama sin ganas de salir. De tanto verla desnuda dando vueltas por el cuarto empecé a notar en detalle las estrías de su cadera y la piel de mandarina de sus piernas. Me resultaba difícil calcular su edad. Su rostro de niña trasnochada me apretaba el estómago.
Laura empezó a desvanecerse con fuerza propia. Su mirada perdió luz. No volvió a maquillarse y se cortó el pelo.
Habíamos pasado nuestro primer diciembre juntos, ella entusias­mada con la navidad y yo saturado con tanto adorno rojoverdedo­rado con que inundó el cuarto. Enero y febrero fueron lentos y sin otra variación que ver a Laura sentada en un rincón solucionando crucigramas. Hacíamos el amor como otro más de los quehaceres. A finales de marzo me dijo que su hermana había enfermado y que juntas pasarían unos días donde su abuela hasta que ella se recuperara. Me sentí aliviado con su ausencia aunque me viera obligado a rebuscarme dónde comer. Cuando las lluvias de abril reavivaron mi vieja costumbre de no querer hacer nada, abandoné el trabajo y me quedé en el cuarto mirando por la ventana la ciudad gris tachonada por la lluvia. El invierno se prolongó varios meses al igual que la ausencia de Laura, pero al contrario de los pueblos de la costa norte que se iban llenando con las inundaciones, mi mente se fue vaciando del recuerdo de Laura. Una mujer de la cual en realidad nunca supe nada. Tiré su piyama a la basura y volví a la Librería Olvido los sábados por la tarde y a las historietas. Mis ahorros empezaban a tocar fondo.

Anuar Bolaños
Es de Cali, ciudad que lo ve deambular como un transeúnte que graba en su mirada perspectivas, agites y ensoñaciones que son la pulpa de sus cuentos y postales. Aunque se gana la vida enseñando inglés, tiene diploma de psicólogo de la Universidad del Valle donde actualmente cursa una maestría en Literatura. Ha sido finalista en concursos de cuento y poesía, y publicado en varias revistas del país. En el 2007 publicó su libro de poemas La Sombra Dividida.


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