Cuando acudimos a la cita, ni siquiera pensamos que podría sucedernos algo así. Él iba porque estaba interesado en comprar una casa, la de un tal señor O. que, según le habían dicho, estaba en venta y yo porque me dijeron que allí me entrevistarían para trabajar en una empresa de comunicaciones. Mi cita era también con el mismo señor. La casa en cuestión era campestre, con amplios jardines alrededor, más bien parecía una finca; últimamente estaba de moda establecer negocios en casas de éste tipo.
Fuimos, como dije, cada uno por su lado. Yo llegué en taxi. El aspecto de la casa no denotaba nada anormal, pero sentí algo de inquietud cuando vi las cortinas cerradas y el lote vecino, posiblemente abandonado, lleno de malezas y basura. Sin embargo, avancé y timbré; un hombre muy bien vestido, de trato impersonal, me hizo pasar a una sala y luego se marchó pidiéndome que aguardara. Me senté y, al rato, observé, a través de un ventanal grande ubicado a mi derecha, a un hombre que se acercaba a la puerta. Traía puesta una chaqueta blanca deportiva y un pantalón claro. Lo miré con curiosidad porque pensé que también él acudía allí por razones similares a las mías.
En la sala de espera estuvimos aproximadamente una media hora. Al entrar, dijo un —buenas tardes— y se sentó. Al principio esperó tranquilo, pero luego lo noté inquieto y vi que me observaba furtivamente. Después supe lo ridículos que le parecieron mis zapatos rojos con moño y el bolso del mismo color, porque luego tuvimos mucho tiempo para hablar y reconstruir una y otra vez los hechos, tratando de entender esa absurda trampa en la que caímos. También yo lo observé con disimulo; era un hombre de mediana edad, de contextura fuerte y aspecto agradable. Luego, cada uno trató de pasar el tiempo de espera lo mejor posible y con paciencia. Yo abrí mi cartera, lamentando no tener nada para leer y él, mientras, se observaba las manos, se levantaba, se asomaba a la ventana. No podía quedarse quieto y consultaba el reloj, con afán. Después de un tiempo sentimos pasos. Ambos miramos con alivio hacia el lugar de donde provenían, pero siguieron de largo. Se escuchó el sonido de la puerta de la calle que se abría y luego el cerrarse de ésta y las llaves y las varias trancas de seguridad que le pusieron. En ese momento, el corazón me dio un vuelco porque siempre temo quedar encerrada y, sin embargo, permanecí inmóvil diciéndome que seguramente pronto nos iban a entrevistar. Él se levantó y fue hacia la salida para hablarle, pues supuso que aquellos pasos eran del hombre que nos había recibido, pero el sonido ya casi no se oía y al poco rato todo quedó de nuevo en silencio.
Mi acompañante volvió y esperó más o menos quince minutos, luego se levantó resuelto a irse. Yo le hablé por fin, tenía miedo de quedarme sola y quise entretenerlo un poco. Le pregunté si había venido por el asunto de la entrevista. Se sorprendió y me explicó cuál era la razón de su estadía allí. Le manifesté mi impaciencia por la manera como nos hacían esperar y la extrañeza de dos citas tan disímiles.
Con la conversación, la inquietud aumentó y él me dijo que ya no iba a esperar más y que se iría. Yo lo seguí con la mirada, dispuesta también a irme tan pronto le abrieran. Salió de la sala y llamó y llamó inútilmente. Nadie le respondió. A mí me entró un miedo espantoso, le dije que aquello no era normal. Fue en ese momento cuando nos percatamos de las rejas que había, no sólo en la puerta sino también en la ventana de la sala. Ya con angustia, empezamos a recorrer la casa, al principio con cautela, esperando encontrar a alguien y luego desesperados. La casa era más bien una jaula vacía en donde cada salida estaba taponada con hierro. No había nadie allí fuera de nosotros. Empezamos a entender que habíamos caído en una trampa a la que ninguno de los dos le encontraba sentido.
Nos acercamos a una de las ventanas, tratando de pedir ayuda, pero nadie nos escuchó. Entonces, por el cristal de la cocina, descubrimos a dos hombres que estaban apostados en la parte trasera de la casa, en el jardín, cada uno en un extremo, y armados. Cuando vieron que los observábamos y seguíamos gritando, salió otro más que estaba oculto entre los árboles y se situó al frente de la casa sin decir nada, amenazante. Nos dio temor y nos callamos. A diferencia de los que vigilaban atrás, éste estaba vestido de celador. Bajó la mano hacia el arma, mirándonos inmóvil. Parecía gozar con el espectáculo de nuestra desesperación.
Poco a poco nos dimos cuenta de que era inútil pedir ayuda. Estábamos muy lejos de la casa más cercana, separados por un lote enorme. Alcanzábamos a verla, pero no era posible que nos oyeran, aunque gritáramos. Durante aquel resto de tarde recorrimos minuciosamente la casa, tratando de encontrar una salida. Mi compañero buscaba una herramienta, algo que le ayudara a romper las rejas, pero no había nada. Todo intento parecía inútil y el teléfono tenía los cables rotos.
En el colmo de la angustia, me senté a llorar. Él seguía buscando y buscando cómo salir; nos habíamos dejado atrapar como unos tontos. Empezaba a anochecer. Yo tenía sed y estaba cansada. Él estaba furioso y desesperado. Empecé a lamentarme entre sollozos, repitiendo una y otra vez que no podíamos salir, que qué íbamos a hacer, que no iba a volver a ver a mi familia y me estrujaba las manos. En realidad no podía parar. Llegué a impacientarlo y me gritó que me callara. Me pareció brutal en la manera de hablarme y me fui muy enojada a la cocina en busca de agua, pero eso fue peor, porque allí vi que la nevera estaba llena hasta el tope con toda clase de víveres. Fue lo único que no abrimos cuando buscábamos alguna herramienta para poder salir. Todo parecía indicar que aquella estadía nuestra había sido preparada para largo.
Me senté en un rincón. Hacía rato me había quitado las medias y los zapatos. El vestido que llevaba puesto me tapaba las piernas, que tenía dobladas contra el pecho. En esa postura permanecí mucho tiempo, no sé cuánto, tratando de no gritar, tomando agua y llorando, llorando, porque no veía salida y no podía llamar a nadie. Mi casa, mi casa, era lo único que me decía en voz baja, con desesperación. Para colmo, pensaba, no dije a dónde iba cuando salí, no dejé dirección, nada, me fui sin más. Nadie, nadie sabía dónde estaba. Habían hecho bien las cosas. Cuando me avisaron de la cita por teléfono, eran como las dos de la tarde y me la dieron para las tres. Tuve el tiempo justo para arreglarme y salir y no alcancé a dejar ningún recado.
Él llegó a la cocina. Se disculpó diciendo que estaba ofuscado. En realidad no me importaba, lo que necesitaba era una esperanza. Entonces le pregunté si alguien sabía dónde estaba él. Nada. También lo habían citado a última hora por teléfono, mientras se encontraba en la oficina y nadie, ni siquiera la secretaria lo supo, porque élla aún no había llegado.
Ya era de noche y estábamos rendidos. No obstante, él seguía empeñado en buscar una salida. A mí los ojos me ardían. Resolví tratar de dormir. Ya sabía que, de las tres habitaciones con que contaba la casa, una estaba vacía y las otras dos tenían como único amoblado una cama. Me acosté en la primera que encontré y allí me estuve como aturdida por horas mientras lo escuchaba a él, caminando y caminando por el corredor del primer piso sin lograr nada.
Era claro que nos habían encerrado con alguna intención y que salir de allí no dependía para nada de nosotros. Por eso, aparentemente, ahora la tranquila era yo. Él seguía abajo su incesante recorrido de la cocina a la sala. Traté de calmar la impaciencia que me producía aquel hombre con su terquedad. Era inútil luchar, al menos durante esa noche. Intenté taponar la ansiedad, entrar en una especie de sopor que me ayudara a dormir. Quería economizar fuerzas, no rebelarme contra lo imposible y adoptar la misma actitud que asumía cuando, en momentos de calor excesivo, mientras los demás se desesperaban, yo me acostaba y me quedaba quieta, hasta que la temperatura del cuerpo bajaba. Porque, al parecer, lo único posible de momento era esperar. Él, según supe luego, no durmió nada y vencido por el cansancio, se sentó en la sala hasta que amaneció.
Con los días nos fuimos resignando. No había nada que hacer. Empezamos a explorar la casa con más detenimiento. Alguien que nos conocía mucho había dejado para cada uno dos mudas de ropa y lo necesario para asearnos. No sobraba nada y de lo que cada uno carecía, no era indispensable. Teníamos comida suficiente para muchos días, ropa, agua y luz. Al principio ninguno de los dos se preocupó por cocinar, nos sostuvimos con frutas y agua. Nos dejaron también un almanaque; él fue tachando cada día transcurrido, yo me negaba a hacer tal recuento. Nos dejaron también papel y lápiz. Nada más. Ni un libro, ni radio, ni televisión. Nada.
Los guardianes cuidaban por turnos y nunca se acercaban a la casa ni nos hablaban. La única habitación amoblada era la salita de espera. Allí había tres sillas, una mesa con una escultura de un gato en actitud misteriosa y un jarrón de cristal vacío. Bajo la mesa, un tapete con rombos azules y fondo blanco y en el extremo, una planta. Era todo. A la planta ni la miramos los primeros días, pero luego, quizá porque era lo único vivo en medio de tanta desolación, aparte de nosotros, empezamos a cuidarla con esmero. También intentamos ocuparnos aseando la casa, cocinando, escribiendo. Con los días, el peor problema fue el de la basura. Ya había cultivado unos gusanos blancos pequeños que se iban caminando por el patio y empezaba a oler mal. Llamamos a los guardias y logramos que por fin uno de ellos se acercara a la casa. Sin hablarnos esperó a que la trajéramos, o eso pudimos deducir de su actitud, porque se quedó ahí parado hasta que se la entregamos; cada semana, a la misma hora, se acercaban a la puerta a recogerla. No pasaban de allí, teníamos que dejarla y alejarnos para lograr que la sacaran, mientras el compañero, el que vestía de celador, esperaba a distancia con el arma en la mano.
La casa estaba al final de una calle cerrada y casi oculta por los árboles que la rodeaban. El lote del lado tenía aproximadamente una cuadra de extensión. Nos cansamos de preguntar a los vigilantes qué pasaba, por qué estábamos allí, quién nos iba a liberar. Se limitaban a callar sin mirarnos siquiera.
Recuerdo que los primeros días me negué a hablar. Me encerré en mi dolor, hosca. Aquel extraño me desesperaba. No hacía otra cosa que caminar y caminar, buscando obsesivo una salida. No la había. Por eso yo lloraba y lloraba. Mi lucha se limitaba a tratar de no gritar, de no enloquecerme, en ese encierro que me aterrorizaba.
Teníamos un pequeño patio, un cuadrado de cuatro por cuatro con reja en el techo por el que entraba el sol. Allí me iba yo en las mañanas para calentarme, cuando la tristeza y los recuerdos me invadían. Allá me buscó él después de un tiempo, no sé cuánto. Quería ofrecerme una tregua; en realidad hasta ese momento, habíamos sido poco menos que enemigos. Rondábamos por la casa, cada uno por su lado, nos preparábamos la comida a distintas horas sin compartirla y no nos hablábamos. Lo único que hacíamos en común era el aseo de la casa, pero sin mediar mayor acercamiento. Cuando nos hicimos amigos estuvimos de acuerdo en que aquel trato inicial entre nosotros había obedecido a la desesperación. Nos parecía absurdo tener que compartir ese espacio de locura con un desconocido. Además, cada uno reaccionó en aquellos días de una manera que al otro le impacientaba. Él odiaba mi quietud y mi aparente resignación, llorando todo el día. Yo aborrecía su zumbar desesperado por la casa y la inútil lucha en la que se desgastaba.
Después de la tregua, nos sentábamos en el suelo del patio a conversar. La soledad nos venció. Nos fuimos conociendo, primero el nombre, después los apellidos, la profesión, la familia. Luego nos mostramos las pocas pertenencias que habíamos llevado allí. Él la billetera y yo mi bolso. Vimos las fotos de los hijos y hasta nos reímos compartiéndolas; él me mostró a su esposa que le sonreía desde muy lejos y yo también el retrato con dedicatoria de mi marido.
Me animé a cocinar con él. Ya no había frutas. Empezamos a planear las comidas tratando de gastar sólo lo indispensable, porque no sabíamos hasta cuando nos tenían que durar los víveres. Pero la incertidumbre por la alimentación no fue larga. Cuando empezaba a escasear, bastó con decirles a los guardias y ese mismo día nos llevaron más. Nos dimos cuenta de que los víveres los traía un tipo en una Toyota. El hombre siempre se parqueaba en reversa, de tal forma que lo único que veíamos de él eran sus lentes oscuros y el cabello negro. Nunca se bajaba de la camioneta que, además, tenía los vidrios blindados. Pero recibir las provisiones, aunque de momento fue un alivio, luego nos desesperó. Nos hizo discutir. De nuevo nos gritamos; me dijo vieja loca, le dije energúmeno, egoísta, idiota. Le grité que ya no lo aguantaba y me encerré de nuevo. En realidad teníamos miedo porque con lo de los víveres, comprobamos que nuestro encierro iba para largo y las esperanzas se nos derrumbaron.
Pasado un rato él se calmó. Yo lo miraba fingiendo escribir. Corrió al almanaque; empezó a arrancar las hojas y a guardarlas debajo del colchón, ordenadas. Una por cada día transcurrido. Me dio angustia el montón que formaban. Me pidió, nos pedimos disculpas. Nos necesitábamos. Nos abrazamos angustiados. Habían transcurrido muchos días. No quería que me dijera cuántos.
Con el tiempo, nos pareció que nos conocíamos hacía ya mucho y más profundamente que antes con nadie. Habíamos hablado por horas y horas. No teníamos nada más que hacer, sino hablar o escribir. Él escribía cartas imaginando que podría enviarlas. Yo llevaba un diario. Empezamos a leernos mutuamente lo escrito, a eso siguieron las confesiones, confidencias que en otras circunstancias nunca hubiéramos hecho. Replanteamos lo vivido, nos hablamos de los hijos, los viajes, la infancia, los lugares que conocíamos, los estudios, los libros. Nos alegramos de las coincidencias cada vez mayores, nos contamos los sueños, los pensamientos, nos extrañamos de no habernos encontrado antes. Hicimos planes para sobrevivir sin hundirnos en el abatimiento, nos repartimos funciones, procurando estar siempre ocupados. La planta se nos volvió un amuleto; la cuidamos como cuidando la salida, veíamos en ella la representación de algo vivo que nos ofrecía la esperanza de que algún día podríamos irnos de allí. Porque también temíamos que nos mataran, que alguien hubiera descubierto nuestro paradero y al llegar a sacarnos, quedáramos en medio de la balacera.
Al principio cada uno reservó su propio espacio, guardamos ciertas distancias, las que normalmente, dadas nuestras costumbres y convencionalismos, nos debíamos. Pero luego ganó la soledad. Los vínculos de cada uno se fueron disolviendo. Eran un recuerdo doloroso, pero estábamos solos, era aquí donde existíamos, con el otro, y nos necesitábamos. No teníamos nada más. Los nombres, las situaciones vividas antes, eran un sueño, eran irreales. Lo que ahora afrontábamos se imponía con violencia, era lo único cierto. Nos acariciamos, nos besamos con desesperación y con miedo, con hambre, con angustia, con toda la soledad acumulada por varios meses que, según él me dijo, llevábamos allí. Podíamos hablar cada uno del respectivo compañero, incluso nombrarlo mientras hacíamos el amor; fantaseábamos sin reproches con nuestros sueños y nuestros deseos. Pero luego ya no. Ya éramos nosotros cada uno con su nombre llamado por el otro en las caricias, éramos los dos allí, entre la soledad y la angustia, borrando el tiempo y engañándolo.
Mi compañero empezó a planear cómo atacar a los guardias para que escapáramos de allí. Me llamó con una esperanza en el rostro. La ocasión sería durante la próxima entrega de víveres. A medida que se acercaba el día fijado, se fue poniendo más tenso que de costumbre. Con la única arma con que contábamos era con el cuchillo de la cocina, tan pequeño que era casi irrisorio, comprado con la clara intención de que apenas nos sirviera para cocinar. Pero él se armó con la absurda confianza de poder vencer a los guardias. Creo más bien que ya no aguantaba el encierro y esa era una buena forma de resolverlo. Se ocultó cerca de la puerta y a mí me dio una de las tablas de la cama para que lo apoyara tan pronto él atacara. Esperaba valerse de la sorpresa porque nunca antes habíamos intentado agredirlos. Él se lamentaba de lo pasivos que habíamos sido hasta ahora, aceptando esa condición de presos sin defendernos. Y es que ya no resistíamos la incertidumbre; nadie nos hablaba, nadie nos explicaba el por qué de aquella situación a la que estábamos sometidos. Esa presión era inaguantable, nos estaba haciendo mucho daño, por eso me decidí a apoyarlo. Sabíamos que, a más tardar ese día o al siguiente, llegarían los víveres. Estuvimos atentos y cuando escuchamos el motor de la camioneta y luego los pasos, nos situamos el uno frente al otro; yo me oculté pegada a la pared que doblaba hacia el corredor y él detrás del muro que dividía la sala del vestíbulo. Uno de los guardias, como siempre, le cubría la espalda al otro que se adelantaba cargando los paquetes. Cuando éste último abrió la puerta, mi compañero se le abalanzó con el cuchillo, pero fue derribado con una facilidad increíble. La fuerza y la agilidad del guardia eran enormes y yo creo que él en su vida había cogido un arma. Yo por mi parte no tuve tiempo de intervenir, lo único que se me ocurrió cuando lo vi tirado en el suelo, fue correr a auxiliarlo. El guardia ni siquiera pareció alterarse. Depositó los víveres y se marchó. No le provocábamos ni siquiera enojo, le éramos completamente indiferentes.
Intuíamos el peligro en el que estábamos, adivinábamos el sufrimiento de nuestras respectivas familias, pero nunca pudimos saber a ciencia cierta a qué se debía aquel encierro al que nos habían sometido. Hablamos y hablamos agotando hipótesis, compartiendo angustias, apoyándonos, con la sombra de la muerte allí, entre nosotros todo el tiempo.
Después de eso, a pesar de la incertidumbre permanente, los días empezaron a repetirse iguales; estábamos sumidos en una inmovilidad contra la que luchábamos cada vez con más dificultad. Yo estaba como hundida, sin deseos de nada, no lograba dormir y cada vez hablaba menos. Mi amigo me ayudaba y trataba de animarme, pero también a veces lo hundía la desesperación. En realidad nos consolaba únicamente el tenernos el uno al otro. Como siempre, nos llevaban los víveres, como siempre esperábamos con ansiedad tener noticias de nuestras familias y como siempre el tiempo se sumaba de día en día en una espera, al parecer, cada vez más inútil.
Las noches eran largas. Empezamos a dormir juntos y a compartir desvelos y pesadillas. Rutina se volvieron los alimentos, la cocina, la basura, lavar la ropa, asearnos, hostigarnos en esa cárcel que por momentos nos enloquecía. Rutina perder la esperanza y recobrarla, aceptar que venían sin noticias, que no nos explicaban nada. Así pasaron seis meses, él no cesaba de repetirlo y repetirlo:
—Llevamos seis meses, seis meses y nada. Nos van a dejar pudriéndonos en esta jaula. Lo que quieren es que nos volvamos locos.
Un día inesperado, cuando todavía no era tiempo de traernos los víveres, el guardia llegó acompañado. La camioneta no se marchó de inmediato como era usual y por la ventana observamos cómo bajó de ella ese hombre de los lentes oscuros que tantas veces habíamos mirado de lejos. Nos hicieron sentar, amenazándonos con pistolas, en la sala de espera. Cuando el hombre se quitó los lentes, reconocimos al mismo que nos había abierto la puerta el día en que caímos en la trampa. Iba pulcramente vestido, con cierta ostentación; llevaba un pañuelo rojo de adorno en el bolsillo izquierdo del saco, los zapatos eran de charol y le brillaban como espejos. Era alto y muy velludo. En la cara la sombra de la barba era tan oscura que había que observarlo bien para saber que estaba rasurado. En cambio, los rostros de los guardias eran difíciles de fijar en la mente. Eran tan impersonales, que al principio se me confundían uno con otro. El hombre del vestido elegante, al fin habló; muy sonriente nos dijo:
—Arréglense, los voy a liberar. Vengo en la noche a recogerlos. ¡Ah! Y no se preocupen por volver a buscar esta casa. La encontrarán abandonada y nadie les dará razón.
Nos quedamos asombrados. Pese a que habíamos soñado con aquello cada día, el primer momento fue de desconcierto y luego sentimos una inmensa alegría. Nos abrazamos y corrimos a vestirnos, a recoger lo poco que cada uno tenía allí, a ponernos el mismo traje con el que habíamos llegado, a guardar los papeles, las cartas, el diario. Cuando estuvimos listos y nos encontramos de nuevo, comprendimos la tragedia. Ya no podríamos vernos. Antes, aunque lo pensamos, no lo habíamos querido ni nombrar. Vivíamos al día, más bien sobrevivíamos, el uno apoyado en el otro, sin meditar en futuros. ¿Cuál futuro? Aquello que habíamos compartido no hacía parte de la vida real; ahora cada uno debía tomar su rumbo y desconocerse en adelante. Sin embargo, habíamos sido todo el uno para el otro durante aquellos meses. También la palabra meses era absurda. Habíamos vivido mucho, mucho tiempo juntos. La planta de la salita tenía brotes nuevos. La miré y no pude evitar llorar por el absurdo de todo aquello.
Cuando empezaba a anochecer nuestro captor abrió la puerta y nos entregó a cada uno un dinero.
— Hay taxis como a un kilómetro de aquí. Y se fue sin decir más.
Nos quedamos respirando el aire de la calle, nos tomamos de la mano y empezamos a caminar, conmovidos. De pronto nos detuvimos y nos abrazamos. No había nada que decir. Todo se había dicho ya. Seguimos recorriendo el camino hasta llegar a una avenida en donde abundaban los taxis. Levantamos la mano y paró el primero. Él hizo el gesto de cedérmelo y esperó hasta que me subí, entonces cerró la puerta y se alejó. Por el vidrio trasero del carro vi que también a él lo recogía un taxi.