De la serie labios

 


Claudia Karim Quiroga

 


Miguel enfrenta el mundo, da la cara a una ciudad conocida que unas veces aborrezco y otras deliro. Está en un bar, bebe cerveza y mira a las mujeres que desfilan ante sus ojos. Tan cerca de sus manos, fáciles de tocar. Con una caricia. Con un llamado. Una invitación a sentarse. ¿Nos acompañas? Y la mujer —niña dice que sí. Que se queda. Y si no es ella es probable que sea otra. A mi amor lo rodea el temor. No hay libertad porque no confío en sus sentimientos. Ahora dice una cosa y más tarde otra. Bueno. Es al revés. Soy yo la inestable. La que cambio una y otra vez. Miguel es la sensación de inmensidad, todo el amor del mundo y también todo el odio. En un solo cuerpo que ha sido mío y que quiero por siempre. Pero al mismo tiempo, en otro desfile, el staff de amores probables. Puede haber otros por los que valga la pena luchar y enfrentar una batalla. Empezar jornadas conocidas de memoria. Cambiarme de ropa y de peinado, jugar a la primera vez y a que ésta será la última. Puede que encuentre a alguien mejor, puede que exista. Miguel no lleva nada en su maleta. No tiene cargas, yo llevo cien cosas que no sirven en todas partes. Los huesos de mis muertos y las cenizas de mi muñeca fresita. Dónde puedo guardar el amor de Miguel para que no se note. Para que mi rostro no me delate. No envíe señales equivocadas a otras posibles parejas. Yo escondo el amor y por el camino me cruzo con otros enamorados y nos confundimos. No sabes a quién amas. Se te olvida por una noche o dos. Pero en algún momento, viene el recuerdo. Sabes que es verdadero por el olor. No es posible despojarse del olor de un hombre, ni siquiera restregando la piel en el baño hasta enrojecerla. El aroma sigue, como las marcas de los dientes o los morados en las piernas. Seguiría mi rumbo a su lado. Me dejaría llevar hasta donde fuese necesario sólo por comprobar que el amor es verdadero y que existe y que puede tocarse sin hacer daño. Sin morder o devorar. La urgencia de tener que tomar baños de ducha fría varias veces al día para bajar la temperatura, para no desfallecer, para no permitirme una caída en falso. El agua cuando ya no puedes con tu peso es cristalina y sensata. Lo necesito para esta noche y para todas las que están por venir. Hola. ¿Dónde estás? ¿Podrías quedarte el resto de tu vida conmigo? Porque la necesidad tiene cara de perro y el instinto, garra de fiera. Se supone que alguien como yo es autosuficiente. Fuerte, en el peor de los casos. Inquebrantable. Pero hace tiempo dejé de ser la mujer maravilla y mis lazos ya no encadenan. Su calor me perturba y el conocimiento siniestro de imaginarlo por ahí, caminando, siendo observado y, al mismo tiempo, deseado. Sin embargo, si lo tuviese, pensaría que habría algo mejor en otra parte. Lo trataría mal y lo dejaría a su suerte. Adiós, amor, le diría con un pañuelo blanco en la mano. Y me entregaría sin dudarlo a los primeros brazos que se abalanzaran. Sin embargo, en muchos aspectos es mi alma gemela, mi otro yo cuando tenía sus años. Una dulzura clásica y poco transitada. Una forma descomplicada de ser y enfrentar. Su mano sube por mi vientre. Los dedos caminan como marchando, dos soldaditos de plomo se pierden entre mi pecho. Se trata de una visita de rutina, llegan al cuello, escalan hasta la barbilla. Los soldaditos descubren una mina personal en mi boca. Explota con uno de ellos adentro. Un dedo lisiado es doblemente besado. Luego, el otro soldado la emprende en el monte de Venus. Aquí se esconde entre las dunas. Se arrastra, lentamente. Y llega al centro del universo que también es la cima o la boca del lobo. El soldado echa un vistazo. Se prepara. Toma fuerzas y se introduce. Saldrá herido, sin remedio. Perece en el primer asalto. La boca lo muerde y mientras ella vibra él se debilita. Su deseo se proyecta por medio de su cuerpo. Necesita más, quiere más porque no aguanta. El soldado desaparece y entra en escena el batallón en pleno. El cuerpo de bomberos, y se siente el recorrido de la sangre bombeando a través de su miembro. Se sienten unas venas leves, delgadas, pero a punto de reventar, de abrirse como raíces de abetos milenarios. La raíz entra, se apodera, toma posesión de la tierra y en un acto desenfrenado de locura, mientras la tierra le reclama y el viento le grita, le ruge que salga en el acto. Ya, por favor, le suplica al final. Una mancha blanca que podría confundirse, con savia, entra en escena. No hay nada más, el acto está consumado y la tierra complacida. Descansa. Duerme sobre mis hombros. Ahora, dice, quiere permanecer así para siempre. Para siempre. Nunca, todo o nada. Las fronteras del amor son espacios imposibles y quizás improbables. Me quiere para siempre y sólo nos queda este momento. Sólo estos segundos en los que su respiración se acelera como la de un perro de caza, respira por la boca, no le alcanza el aire. Está cansado. Cierra los ojos y dan ganas de cantarle una canción de cuna. “Duerme, mi niño dulce, duerme mi niño grande”. Mis uñas por su espalda. Caminos de delgadas líneas rojas. No conoce el amor, pero lo guarda en sus genes. Una herencia de la que es imposible liberarse. Está dormido y sus sueños se proyectan como un vídeo beam en la pared. Sueña con animales. Está en el África, es un científico-investigador y está en busca de embriones de dinosaurios. El último capítulo de Discovery Channel. Guardo silencio. En el sueño es de día y ahora el durmiente está en la playa. Con un bañador de cuadros. Y el cuerpo bronceado. Camina y deja sus huellas sobre la arena. Yo soy la arena, pero también me disfrazo de mar. No tiene otra salida. O son sus pies o su cuerpo, lo quiero todo porque por segmentos no me sirve. “¿Te irías conmigo?”. “Adónde”, pregunta. “Tampoco lo sé”. El sueño tiene una franja violeta, ilumina el ámbito de la habitación. A veces los sueños son nuestro único ropaje, nuestra protección. Deja de soñar. No quiero ver más. Miguel despierta y me besa. Regresamos al mismo punto en un minuto. Más tarde habrá una nueva despedida y la larga fatiga del adiós y las promesas interminables. “Te amo hoy más que ayer y menos que mañana”, dice con dulzura. Yo quisiera creer que es posible. Quisiera tener su edad y creer que otro día es cierto. O al menos, que el amor es una verdad. Al menos, una de las más importantes, sino la única. Despierta y durante los minutos que durmió ganó hermosura. Le brillan la piel y los ojos. Le brillan los dientes con esas chispitas de los dibujos animados, estrellitas transparentes. Ahora, me toca el turno de dormir a mí, tengo sueño, pero temo dormir y que en el reflejo de la pared se presente el espejo de mi realidad. De mis esperanzas o mis fantasías. Tantas y tan poco para pedir. O tanto para exigir. La mano de Miguel es un lazo que me une con el mundo al que yo me aferro. Lo poco o mucho que me queda es mirarle los ojos, que pone en blanco cuando me besa, aunque quizás le sea necesario ver otros más, más adelante. Ojos que miren a los míos y sonrían. Ojos con la misma transparencia o al menos, dignos de una sustancia parecida. Lo quiero para mí, desde el fondo de mí misma, pero si se entrega demasiado es probable que quiera devolverlo. Regresarlo a su lugar de niño a punto de madurar. Espera, ya llegará tu hora para empezar a jugar de verdad. El niño se desespera, se comporta como un hombre y duda. Es o no es. Su fortaleza elimina por instantes mis complejos porque no teme. Parece desconocer el significado de la palabra miedo y al parecer, le tiene sin cuidado. Se complace con amar, con extender sus manos y tocarme, con saber que estoy ahí, aunque piense en otra cosa, y minutos antes haya deseado salir corriendo y perderme para siempre. No tiene nada para ofrecer y siempre quise que un hombre me entregara el mundo, o al menos, me abriese un espacio en su casa. Miguel vacía el contenido de su corazón para llenarlo con mi cariño. Nunca sabré si será suficiente o demasiado. Nunca estoy segura si le entrego gotas o litros. Dormir con él es un estado de felicidad que no conocía, que era improbable. Se despoja de todo lo que es y se entrega en una bandeja. Se ofrece, un manjar exquisito que tiene el sabor mortal de la gloria porque te queda gustando. Porque es finito, se termina y los enamorados deben irse a dormir a sus casas. Cada uno a su cama. Se entrega en una noche lo que normalmente dura meses en construir. Ese momento de pérdida de la realidad. De la percepción, del día o la noche, quizá te da frío; te cobija con su cuerpo, te da calor, una ventana se abre, si tienes hambre; te besa. El deseo se alimenta con su boca, sus labios son el pórtico a las delicias. Un parque de diversiones que me regresa a la niñez, soy una adolescente en sus brazos, pero con el cuerpo de una mujer. Y a pesar de todo, los temores se sobreponen. Me quita la camisa. No me mires reclaman mis ojos. No demasiado. Y la camisa es arrastrada, vuela por los aires. Me desnuda y ahora mi única protección es una mano intentando ocultar los resquicios de piel. La piel también puede ser un estorbo. Miguel continúa. Va en busca de amor y se encuentra de camino con el sexo. Bienvenido al mundo de los adultos. Ya conoce al dedillo la forma de entrar, y sabe que para la próxima se obviará el boleto. La conciencia lo detiene un instante. Para dónde va. No obtiene respuesta, el invitado sigue como Pedro por su casa. Recorre, se detiene, cruza, levanta, husmea, humedece, besa y penetra. Todo mi cuerpo tiene banderas en las que se lee: “En Venta”. El nuevo propietario llega en una Nissan o a caballo. Las llantas de la camioneta marcadas sobre mi cintura. Cien caballos de fuerza. El jinete da una vuelta más antes de marcharse. Me voltea. Y la espina dorsal se llena de besos. Su ternura es asfixiante. Me trata bien y estuve acostumbrada a los golpes. A las palabras que duelen como aceite caliente que salpica en la cara. A los miles de reproches por inocente fealdad. Veredicto. Culpable. Cadena perpetua. El chico me abre la celda. Me permite salir a tomar aire y además no tiene conciencia de la cárcel. No hablo con un vigilante, con un compañero, con otro recluso. Se trata de un visitante. No tiene idea de mi culpa. Y no le importa. Su preocupación radica en la cantidad de besos y en mi sonrisa. En la suficiente lujuria para una noche. Habrá ternura pero también sexo real. Las escenas se repiten una y otra vez en la memoria. Sueña conmigo. Sueño con él. Los sueños se encuentran en el camino y se saludan. Se toman de la mano y van al parque a jugar. Los hombres que conozco me castigan con indiferencia luego de comprender que no serán amados totalmente. Buscarán a una mujer que sacie sus instintos y sepa cocinar. Una amante perfecta que además sepa ser una madre para sus hijos. Convicciones ridículas que llevo escuchando desde quinto primaria. Busco a un compañero de juegos. Alguien que sonría y no busque razones. Que no intente buscar dentro de sí mismo una respuesta. Yo no quiero respuestas. Quiero hechos concretos, reales, medibles y cuantificables. Quiero una apuesta —un hombre que se juegue su vida y su suerte. Muy pocos se atreven. No alcanzan a llegar tan lejos. Miguel no tiene nada que hacer mientras yo repaso horas y horas en mi futuro. Me queda mi vida por resolver y los años mozos de él. Los demás miembros del staff tienen suficientes razones para salir corriendo, despavoridos. No es sencillo. Algo más que amor es mi única petición. El alma por estos días puede ser un tesoro preciado. Y costoso.


Claudia Karim Quiroga (Colombia)
Véase Odradek, el cuento No. 5


www.odradekelcuento.com

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