La profesora de literatura

 



Claudia Ivonne Giraldo


 

No sé coquetear, nunca aprendí. De joven, si me gustaba alguien, trataba de que no se me notara, de hacer las cosas de manera que el muchacho al que se dirigía mi atención, jamás se llegara a dar cuenta de que me moría por él, o de que simplemente, sin saber por qué, me gustaba. Así ha sido siempre, no creo que uno pueda cambiar fácilmente. Pero es que las amigas dicen que así no es, que qué estoy pensando, que a ellos les gustan las mujeres que toman iniciativas, pero a mí tomar la iniciativa me parece vergonzoso, penoso, no sé, como exponerse uno al otro sin necesidad, quedar indefensa, que es una posición que no me gusta. Por ejemplo, la gente juega con las miradas; miradas como de película, de mujer fatal, y a mí eso me parece un poco ridículo. La gente que lo mira a uno insistentemente, me produce incomodidad, y estoy segura de que jamás llegará a interesarme esa insistencia.
Tampoco sirvo para los gestos estudiados; si me meneo y contoneo es porque así camino, y si ese desesperante tic de echarme el mechón obstinado para atrás, aparece, es por nerviosismo, porque no me puedo quedar quieta; y si cruzo una pierna sobre la otra, es por temor a las várices, consejo profesional de belleza.
Por otro lado, con esta cara que no se está quieta de una mañana a una tarde, que amanece siendo otra siempre, cómo tener seguridad para coquetear: es un laberinto esta cara, que se me esfuma y difumina cuando menos lo espero; a veces estoy bien, hasta bonita, pero a la hora siguiente, todo se desploma, la cara parece tragarse todo rastro de color en las mejillas y en los labios y soy pálida hasta la muerte. No hay caso, así no se puede. No sé con cuál de mis muchas caras iré a despertarme, entonces es mejor estar sola, especialmente por la mañana.
Pero hoy tengo ganas de ensayar contigo mi nunca empleada capacidad para coquetear. En algo has sido capaz de cambiar mi tranquilo mundo de profesora de literatura...Me gustas, me encantas, no hay remedio, me da susto pensar en encontrarte, esa especie de emoción contenida que hoy se me hace tan escasa, y que en la adolescencia era cosa de todos los días, con casi todos los muchachos. Entonces me decía, o te decía, que hoy sí voy a explorar eso de la seducción. No voy a esperar como siempre; voy a ser directa y clara, voy a empezar por mirarte, creo que ahora voy a mirarte y entonces levanto la cabeza un poco del texto que estamos leyendo porque yo dije, - Bueno, abramos en la página 33 que vamos a leer el cuento de Cortázar que les prometí-. Además, hoy, premeditadamente, me puse falda arriba de la rodilla y tacones altos. Te voy a mirar a ver si estás leyendo concentrado y juicioso como sós; a lo mejor estás mirando mis piernas y de pronto se encuentran las miradas y yo no sabré qué hacer porque a lo mejor a vos tampoco te gusta que te pillen cuando le estás mirando las piernas a tu profesora de literatura...levanto pues la mirada lentamente, alguien lee en voz alta, y como yo me sé este cuento de los conejitos de memoria, qué importa que me distraiga un momento. Llevo mis ojos hasta tus zapatos que están más cerca de mis tacones altos de lo que yo quisiera; tenés puestos unos de esos de amarrar, cafés, me gustan, siquiera tienen cordones, porque los otros son feos hasta el horror. Subo por las piernas, mejor dicho, por el bluyín, porque siempre estás de bluyín para venir a mi curso, qué tal vos de pantalón y corbata...así está bien...sos grande, rodillas grandes y fuertes y los muslos...y subo por el vértice y me devuelvo apenada como una niña, ¡qué tal que alguien me esté mirando?..., creo tener y dominar aún la mirada periférica, así que no importa; ya el hombre ha vomitado su cuarto conejito y a vos el cuento te va atrapando, estás más relajado y hasta el momento no has vuelto a mirarme las piernas. Porque te pillé hace un momento mirándomelas y te asustaste, qué tal eso de estarle mirando las piernas a la profesora, y qué tal vos, tímido y grande, con el pelo ya casi todo blanco, una vida hecha, negocio productivo y tímido como un muchacho...cuerpo de hombre joven, sin barriga, sin cansancio; entonces el hombre del cuento, ese otro tímido, ya ha confesado su temor de que puedan ser once y también doce los conejos y yo ya elevada pensando en cómo son de hermosos tus brazos y cómo los tenés bronceados, y a veces con una mano te acariciás, no sé porqué, detenidamente, largamente, los vellos de tus antebrazos, dejándome con esa imagen clavada en los ojos toda la noche, toda la santa noche y qué manos tan largas y bellas y me digo que sí, que si me gustan tanto tus brazos, los hombros definitivamente anchos, entonces debería levantar esta mirada tímida de niña tonta hasta tus ojos que leen el lento y hermoso enloquecer del hombre de los conejitos, exhausto en la noche –día de sus conejos....están tus ojos a los que aún no logro descifrarles el color, pues la noche y los bombillos amarillos no son buenos reveladores de formas y colores y trazos. Haces la pregunta y me miras, tímido, y yo te respondo valiente, mirándote fijo a los ojos, sostenidamente, la mirada inquieta, con ganas de irse de allí y no irse...y es como si por un instante el instante fuera más dulce y uno pudiera vivir sólo de cosas tan simples y pequeñas como ésta de estarnos mirando instantes en un curso que dicto yo de noche y que tomas tú de noche para que el tiempo de tu negocio sea ese otro tiempo en donde yo no sé quién eres.
La carta que el hombre le dirige a Andreé, una lejana Andreé, ya está por terminar, ya termina con el hombre muerto al lado de once conejitos esparcidos en la acera y en la calle y tú levantas la cara del papel y me dices, -Hermoso, hermoso...- y no dices nada más, pero veo lo hermoso que sós porque te ha gustado tanto mi cuento, es decir el de Cortázar y entonces te cuento, les cuento cómo quiero al viejo Cortázar, como es que uno tiene de amigo a un escritor muerto que uno no pudo conocer, y cómo escribe de hermoso Cortázar, hermoso así como vos...
Mi amiga me dice que a un hombre hay que decirle que a uno le gusta él, es decir, él entre todos los hombres; y que eso se puede decir invitándolo a un café, pero no con un tímido, más valiera que fueras como los de la mirada insistente, pero vos no, y ésta que soy, menos, porque nunca he invitado a un hombre a tomarse un café conmigo, esas cosas no son para mí; hoy en cambio digo que voy a estar dispuesta a que me invites a un café, no voy a salir corriendo después de clase, para subir al carro, apretar el acelerador e irme; mejor no voy a llevar carro, voy a hacerme la huerfanita para que tú me tengas que decir, -¿Tenés en qué irte? ¿Alguien te va a recoger? ¿Te gustaría tomarte un café?- Y yo te diré que bueno, que vamos, que qué pena- pena por qué-, y todo eso...A veces creo que el tiempo para esas cosas pasó, pero no , no ha pasado, aquí estoy parada en la puerta de esta digna institución, después de haberte mirado largamente los hombros, los brazos, y el fondo de los ojos...aquí estoy pidiendo que al salir me digas que si quiero un café, o que si tengo en qué irme y todo eso...Y siento tanto susto que me da risa, una mujer grande, profesora de Literatura, por más señas, esperando como una gata, esperando sentada, una pierna sobre la otra, con un tacón alto dando golpecitos sobre el suelo...
-¿Tenés quién te lleve?- No, voy a pedir un taxi. - Si querés te llevo...- No, qué pena, yo pido un taxi,..- No de verdad yo te llevo, -Bueno, -¿Querés un café? -Ah, bueno, muy rico-...y ya nos bajamos en ese sitio que conozco, con fuentes y con música, y que es relativamente oscuro, y ya nos sentamos y tú me preguntas que por qué me sonrío y yo te digo que estoy contenta, y también porque me di cuenta de lo bajita que te quedo, eso no lo digo...pero lo pienso...y te interrogo un poco, interesada por esos negocios que te ocupan todo el día, por una empresa que tenés, un mundo tan distinto al que de verdad te gusta, y me contás un montón de cosas. Y a veces nos quedamos un poquito callados y bajo la mirada porque sé que me estás mirando insistente y yo sí sé lo que eso significa y levanto mi pocillo de café y no bebo y te miro y me mirás para ingresar a este espacio cerrado en que todo se va a trastocar, ya lo sé, sé del miedo y del deseo combinados, sé ahora que en tu boca sabe mejor el café, y que me voy a perder, en el vértice de tu vida, que la cosa pinta seria y que ya no voy a luchar más para que no te des cuenta de que me estoy muriendo... me estoy muriendo, eso parece..., San Julito Cortázar, pido que por ésta vez no ayudes a esta profesora de Literatura que se encuentra definitivamente desprotegida entre sus brazos.


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