Las figuras geométricas

 

 

Luis Fernando Macías


 

Aunque Josefa y yo compartíamos a Rafa, fue ella quien lo acompañó en la muerte. Éramos tres adolescentes de dieciséis y diecisiete años, temerarios, hermosos, suicidas. Él y ella eran novios oficialmente, pero Josefa sabía que Rafa se acostaba conmigo y las dos, en secreto, nos amábamos en él. En esa época yo era la mujer de Alí. Alí era un reverendo hideputa a quien yo amaba y a quien tal vez amo todavía; o lo amo y lo odio. Quién sabe por qué razón nos vemos obligadas a darnos a un hombre cuyo modo de ser nos mortifica, a sabiendas de que esa mortificación nos disminuye y nos place al mismo tiempo. Vivíamos en Las laderas de La Ayurá, en los límites entre Medellín y Envigado. En torno a la quebrada, que dividía la urbanización en dos, diseñaron un sistema de jardines y puentes, de modo que todo el tiempo parecíamos de vacaciones en el campo. Así que, como éramos los habitantes del paraíso, nuestra única preocupación, o al menos la mía, era el sexo. Crecí enamorada de mi primo Alejo. No sé cómo se pueda llamar a ese sentimiento que nos hacía buscarnos para jugar juntos, durante las temporadas en las fincas de la familia que, aunque juegos inocentes, no pocas veces terminaron en indagaciones de los cuerpos bajo las cobijas. Cuando cumplí once años sentí la necesidad de conocer el sabor de un beso. Se lo pedí a Alejo, y él se negó. Hoy todavía me duele. Después de cumplir los catorce tuve mi primer novio, Juan Camilo. Los fines de semana, cuando en la casa de los tíos se iban para la finca, Alejo nos alquilaba su cuarto por unas horas, a condición de que lo dejáramos ver lo que hacíamos. Claro que lo único que hacíamos era desnudarnos y tocarnos porque Juan Camilo no se atrevía a nada más. Él no corría riesgos. Tal vez por eso lo dejé, o mejor, lo cambié. Había un concierto en el parque de Bolívar y, como Juan Camilo no quiso acompañarme, busqué a alguien que me llevara. Sobre una piedra, a un lado de uno de los puentes de la urbanización, junto a la quebrada, estaba Alí. Le pedí que me acompañara. Aceptó, siempre y cuando me acostara con él, al regreso. Ese fue nuestro negocio. Cuando lo íbamos a hacer, me preguntó si yo ya lo había hecho. Le dije que sí, pero cuando lo hicimos, sangré. Entonces se puso furioso. Me dijo que Juan Camilo no era suficientemente hombre y que, de haberlo sabido, no se hubiera encartado conmigo. De todos modos me hizo que lo dejara y desde entonces fui su mujer durante tres años: octavo, noveno y décimo grado. Alí tenía su novia, pero me usaba para acostarse conmigo. No me sacaba ni se dejaba ver a mi lado. Entrábamos, de noche, a su habitación y yo salía antes del amanecer. Lo hacíamos cinco o seis veces, y después me iba. Él hacía todo, yo tenía que quedarme quieta, como una víctima, porque si trataba de moverme, era capaz de pegarme. Eso me disminuía, me hacía sentir miserable. Hacía que me odiara a mí misma. Me enflaquecí demasiado. Había épocas en que no comía nada o casi nada. Si acaso comía, me daba vómito y era peor. Pero de tiempo en tiempo me daba por comer y comer. Me comía, por ejemplo, una totumada de arequipe o un tarro entero de galletas con mantequilla. Me corté el pelo cortico y todo me importaba un reverendo. Alí era descendiente de árabes. Ellos nacieron aquí, pero el abuelo vino de su país oriental. Quizá la causa de que se hiciera odiar fue que heredó todo el machismo de esa cultura. En un principio busqué a Rafa por venganza, pero después me enamoré de él. A Rafa me lo presentó la propia Josefa. Ella y yo estudiamos juntas desde preescolar y siempre fuimos amigas. Cuando crecimos, yo soñaba con ella. Nunca se lo dije, pero ella aparecía en mis sueños y, en sueños llegamos a hacerlo. La pregunta de que quizás a mí también me gustaran las mujeres, no me la hice hasta muchos años después. Por supuesto, al hacérmela, la tenía muy presente a ella: su trato dulce, su naturalidad, la suavidad de sus palabras y movimientos. Rafa también vivía en la urbanización. Tenía una moto Kawasaki quinientos. Una tarde, a la salida del colegio, Josefa me pidió que la acompañara al apartamento de su novio. Cuando llegamos, él estaba solo. Pasaba la mayor parte del tiempo solo. El papá y la mamá trabajaban y Rafa era hijo único. Ni siquiera tenían empleada del servicio, la casa era su reino durante el día. Nos recibió en la pieza, escuchamos música y hablamos. En algún momento entendí que debía dejarlos solos y, sin que lo notaran, me fui retirando hasta la biblioteca. Me leí un libro entero, el número quince de la colección de autores antioqueños. Cuando aparecieron, estaban bañaditos. No había pasado mucho rato cuando Josefa llamó a su casa. Al colgar, nos dijo que tenía que irse, pero que volvería pronto. No sé si ella sabía lo que estaba haciendo, pero Rafa y yo sí supimos qué hacer. Él era todo lo contrario de Alí. Alí me ordenaba que me quitara la ropa rápido, Rafa me la fue quitando, despacio, suavemente y como parte de una danza de juegos y caricias. Alí se quitaba la ropa mientras yo me la quitaba, en tanto que Rafa me pidió que le quitara la suya después de haberme quitado la mía. Esa tarde conocí la sensación de una boca que recorría mi cuerpo, mordiendo suavemente y lamiendo con la lengua pastosa todos los resquicios de mi piel. La lengua de Rafa parecía la ejecutora de un instrumento musical que producía el ritmo de un viaje imaginario por los astros, desde el cuerpo hasta la pérdida de los sentidos en la atomización de todo. Rafa pedía y enseñaba delicadamente movimientos y caricias, en tanto que Alí las negaba y las prohibía. Esa tarde, por oposición a la maestría de Rafa, supe que Alí me clavaba un aguijón brutal. Ya lo odiaba, pero aprendí a odiarlo más. Lo curioso es que mientras más lo odiaba, más me aferraba a él, más le permitía que ejerciera su dominio. Me mangoneaba, me usaba, me maltrataba y eso hacía que me aferrara a él, como si yo fuera el depósito de una rabia que él había traído contra el mundo por el hecho de nacer, como si yo tuviera que pagarle una deuda que el mundo tenía con él. Todo eso se convirtió en un jueguito: Alí le cobraba al mundo su deuda conmigo y yo desquitaba esa ira con el amor maestro de Rafa o vapuleando mi cuerpo en el trasnocho, en la anorexia, en el desgano de todo, de la vida misma. Pero no puedo negar que el sexo era mi alegría. Lo hacía primero con Rafa, por la tarde, y después con Alí, durante la noche. Rafa era un hombre lindo. Estudiaba en Benedictinos, pero no le importaba el colegio. Tal vez el verdadero sentido de su vida era el de ser un amador. Ocupación: hacer el amor. Lo hacía con Josefa, con Verónica, con Cata Arango, con Aleja Gómez, conmigo… Tenía que hacerlo todo de una vez para poder morirse tan rápido. Era un experto amador, pero la vida le estorbaba. A los tres nos pesaba estar vivos y nuestras conversaciones giraban en torno a las muchas maneras de dejar la vida. No nos atrevíamos a proponer la idea de irnos juntos, pero era casi como si estuviera a flor de labios cada vez que estábamos los tres. Tal vez fui yo quien lo hizo explícito por primera vez. Una noche, cuando conversábamos en un jardín de la urbanización, junto a uno de los puentes, Alí trajo a la noviecita para pasármela por la cara, besándola y acariciándola delante de todos, como si ella fuera el trofeo de un malparidito. El malparidito que era él. Había en la barra un muchacho que me deseaba, Daniel. Yo sabía cuánto me deseaba, pero él me daba asco. Entonces aproveché esa circunstancia para vengarme de Alí. Permití que Daniel se acercara, me besara, me tocara. Me lo llevé para el bosque y hubiera hecho el amor con él si hubiera sido capaz, pero no pudimos. Sé que fue mi culpa porque lo estaba utilizando, porque no podía desearlo, porque me estaba castigando el odio de Alí. Fui después a la casa, busqué un cuchillo y me rayé los muslos. Quería enterrármelo, pero no fui capaz, sólo me rayé, me hice todo el daño que pude. Josefa y Rafa lo supieron. Recuerdo sus miradas cuando descubrieron los rayones en mis muslos… Tuve la sensación de que, al verme así, surgió en ellos la decisión de dejar la vida de un modo tan espontáneo y natural que no requeriría de las palabras para convertirse en hecho. Sentí que me incluían a mí en esa decisión, que yo era su fuente de inspiración… Entonces supe que yo no lo tenía muy claro. ¿Abandonar la existencia? ¿No sería una decisión demasiado drástica? Imaginé mi rostro inerte, sin respiración, sin vida… Tal vez me faltaría valor. Pero, ¿los rayones? Sólo ahora, nueve años después, vislumbro que todo era un jueguito mío. ¿A quién quería llamarle la atención? ¿A quién procuraba castigar con mi altanería juvenil? ¿No era Alí una réplica de mi padre? Eso que somos se esconde en nosotros de nosotros mismos. En el juego de máscaras, ¿cuál es la verdadera? ¿Cómo saber nuestras motivaciones auténticas, más allá del ser que nos engaña en nosotros? Tan distintos Rafa y Josefa, firmes en sus decisiones, sin consultarlo, sin profanarlo con palabras. La dulce Josefa, tan generosa, tan íntegra, compartiendo a su hombre conmigo, dándome su compañía, tan suave, tan delicada… Y Rafa, cada vez que me hacía el amor, lo hacía por última vez. Era como si fuera un regalo para mí. No iba en busca de su propio placer como el canalla, sino del mío. En el beso, ponía en mi boca toda la vida que tenía y, cuando entraba con su sexo duro, caliente, metía toda su existencia en mi vientre y se abandonaba, se hacía mío, parte de mi cuerpo, parte de mi vida… Niño hermoso, hombre cabal, amador nuestro. Siempre sentí que era la última vez y de tanto sentirlo, no supe realmente cuándo fue. Era la época de navidad, habían decorado el río con sombrillas de colores que semejaban un sembrado de hongos luminosos invertidos, había pasado el invierno más largo de los últimos diez años, con inundaciones, derrumbes, tragedias. Había vuelto a brillar el sol intenso sobre el valle y la línea de las montañas reverdecía. Habíamos terminado el grado noveno y empezábamos las vacaciones de fin de año. Se dijo que había sido un accidente. Contaron que, a las once de la noche, bajaban Rafa y Josefa en la moto por la loma de los Parra, a toda velocidad y que, en el cruce de la avenida El Poblado, los había elevado un carro. Quienes iban en el carro testificaron que la pareja cruzó el semáforo en rojo e insistieron en que el accidente fue causado por la imprudencia del muchacho que iba manejando la moto. No creo que haya sido imprudencia, sé que Rafa sabía para dónde iban.


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente