Un cuento es una situación

(Apuntes sobre el asunto de la fragmentación)

 


José Guillermo Ánjel R.

 


La naturaleza se preocupa sólo por la reproducción, en que el mundo se repita de manera interminable. Los episodios que aparecen entre el nacer y el morir, están por fuera del oficio de la naturaleza. Por esto le corresponden única y exclusivamente al hombre, que los cuenta para atraparlos en la memoria. Y no hay certidumbre en esto: la memoria es un juego de imágenes, unas ciertas y otras imaginarias.
Reflexión tomada del cuaderno de apuntes del autor, sobre un cuento de Jack London: “La ley de la vida”.
La vida es un episodio y este episodio se compone de fragmentos. Sólo somos conscientes del fragmento. El resto, diríamos, es imaginación. Y este hecho, el que imaginemos, es lo que nos permite crear y dar razones diversas sobre un hecho cotidiano. De esta manera nos rebelamos contra el tiempo y la naturaleza, que sólo se interesa en la reproducción de eventos iguales. No es de extrañar que los griegos hayan convertido a Gaia en una diosa: su tarea era cumplir una ley y no desbordarse nunca. Los dioses, para serlo, no cambian de actividades, están presos en lo que son y cualquier acto de libertad los espanta. Los dioses están presos de su propia persistencia en ser ellos y no otra cosa. La tarea de Afrodita es el amor, la de Zeus el deseo, la de Athenea el ser sabia, la de los dioses modernos gobernar lo ingobernable, etc. Los dioses están condenados a vivir. Sólo los hombres hemos roto con esa ley perenne sabiendo que vamos a morir, cosa que los animales ni los vegetales saben. Nos hemos desbordado y así conocemos el sufrimiento, el error, la pasión, la crisis, el delirio y la locura. Y al tiempo la felicidad. Es que, al contrario de los dioses, somos libres y por ello nos contradecimos, somos incoherentes e imposibles de explicar. Tenemos la habilidad de vernos en situaciones distintas que permitan presentarnos de una u otra manera. Como dice Fernando González, nos evidenciamos en la presencia, que es la que genera el acto. Un acto impredecible y por ello sin ninguna certidumbre. En términos de Bertrand Russell, la vida es un compuesto de hechos cortos, pequeños y casuales. Así que somos en la fragmentación de todo esto que llamamos lo existente. En un estar aquí rodeado de infinidad de allás. Vivimos en vecindad, lo que nos permite ir de un lugar a otro para entrar en cualquiera de esas puertas abiertas que nos invitan a entrar. Según Hugo Maturana, esas puertas son lo que llamamos realidad, cada una distinta a la otra.
Los hombres —sean éstos mujeres u hombres o una mezcla de los dos— nos inventamos el lenguaje, algo tan enorme que únicamente podemos acceder a él a través del fragmento: la palabra. Y también las matemáticas, con las que medimos y pesamos, establecemos cantidades y un lugar en el espacio, preciso y pequeño para lograr ser entendido. O sea que habitamos el fragmento, un pedazo, nunca nada entero. Por esta razón, frente al cosmos evidenciamos apenas el microcosmos. Y en éste nos encontramos con nuestro yo, con unas circunstancias, con el otro o con lo otro. Somos en espacios reducidos. Antón Chejov lo tuvo claro, también Franz Kafka, Jorge Luis Borges, Claudio Magris. La misma Biblia, que es una suma de pequeños relatos precisos, que al final acaban en parábolas y glosas. Y para los tiempos que vivimos, en versículos con los que amenazan o configuran el fin del mundo.
La vida de una persona está compuesta por muchos cuentos, algunos bellos, otros atroces. La tarea de psicoanalista se centra en reescribir estos últimos. Y de esos cuentos con los que construimos nuestra educación sentimental (los bellos, los feos, los invisibles), nunca sabemos cuáles fueron ciertos o imaginarios. Nuestra vida es un acto de fe. La memoria no es ninguna certidumbre, es sólo la literatura que hemos hecho de nuestra vida. La historia, que trata de demostrar lo contrario, termina mintiendo para que los hechos narrados sean verosímiles. Y si miente, como bien sabemos, imagina. No estoy, entonces en contra de la historia sino de su presunción de convertir lo general en un hecho único, evadiendo los fragmentos que la hicieron posible como algo digno de saber. La historia, como descubrió Georges Duby, más que acontecimientos que se representan en estatuas o en catecismos (hoy los llamamos manuales), es fruto de las mentalidades, de los cuentos que nos creamos para ponernos de acuerdo en lo bueno y en lo malo, en que D’s existe o en que tenemos una geografía y, a partir de ella, un sitio leído para imaginar. Y siendo en el cuento, pues sólo estamos en lo que pensamos, como dice Rabí Israel Baal Shem Tov, nos enteramos de nuestra existencia, que puede ser real o fabularia. Lo importante no es el hecho sino la impresión del hecho, la marca que crea en nosotros, la palabra que tomamos o escupimos, ésa con la que nos untamos o nos limpiamos.
Ludwig Wittgenstein, en uno de sus aforismos, dice que el mundo no está compuesto de cosas sino de hechos. Y que esos hechos, a su vez, se componen de hechos atómicos, que hacen posible el suceso. No somos como cosas sino en relación con las cosas. Sin el tú que plantea Martín Buber, no sabríamos de qué está compuesto nuestro yo. Somos con relación a la exterioridad, aun en soledad. El hombre solo recurre a palabras externas para, al negar su presencia, saberse solo, de lo contrario no sabría nada acerca de su situación. Negando la exterioridad entendemos la soledad. Un cuento sobre un hombre solo requiere que no haya otro presente, de ese que está afuera y en el afuera se relaciona con otros. O sea que se crea un cuento sobre lo que hace falta a su alrededor. Pero ni aun así es una cosa sino un hecho, pues se relaciona con lo que le hace falta ejerciendo la negación, fragmentándose al punto de no estar en contacto más que con lo necesario para enterarse del episodio que vive.
El cuento, la situación única posible, no niega el resto de la literatura. Una novela, como bien demostraron Plinio Apuleyo y Miguel de Cervantes, es un compuesto de cuentos que se dan en torno a un mismo personaje. De ahí que la tradición de la novela se centre en cuentos por capítulo. Igual pasa con la poesía, que es un cuento que narra la sensación de sentir. Y con una oración, que narra el cuento de someterse a la obediencia. Y con el ensayo, que narra el cuento de un hombre que reflexiona. Esto quiere decir que seguimos en el fragmento como única posibilidad de saber qué somos y hacemos en un momento determinado. Fernando González, en Viaje a pie, dice que en Colombia no sabemos quiénes somos porque todo lo nuestro se nos muestra de manera general. Un D’s general, un escritor general, un pintor general, una situación general, etc. Así sabemos de un todo y nunca de la parte. Y estar en el todo es permanecer en el caos, en la multiplicidad en movimiento y no en la parte que reposa. Aun en la física, para entender el movimiento se hace necesario saber que hay un intervalo, un momento en que nada se mueve, lo que los físicos llaman la constante de Planck. Esto quiere decir que en Colombia no tenemos cuento (fragmento, espacio definido, un estar aquí propio) y a partir de ahí ni memoria variada ni una buena capacidad para hacer literatura. Estamos invadidos —y enfermos— de generalidad, de verdad absoluta, de realidad única, de pensamiento en bloque. En nosotros se da esa concepción del ser que tenía Parménides: un ser solo, único, que ocupa todo el espacio y carece de fisuras, lo que no le permite moverse ni expresarse más que a través de apariencias generalizadas y no de hechos múltiples. En ese Viaje a pie, donde el mundo varía (porque se cumple aquello de Saramago, de que lo que más hay en el mundo es paisaje), lo general no existe. Sólo hay momentos, situaciones, reacciones frente a las cosas y personas que aparecen en el camino. No hay nada general sino pequeños cuentos, cada uno digno de ser narrado, como bien demuestra Fernando González.
En nuestro medio, salvo algunas dignas resistencias —gracias a cualquiera de los dioses—, la literatura sobre la violencia es una constante (es el tema general) y se pasa de un sicario a otro, de un sapo al otro, de una prepago a la otra, como si el mundo se hubiera reducido a la tanato-porno-miseria. El resto del mundo no existe, sólo el dolor y la necesidad apremiante de dinero. El despecho cantado, la inflamación genital, las balas rezadas, se han apoderado del espacio narrativo. Sólo hay una memoria: la del dolor. Y con ella una expresión única: la guerra. Las demás puertas, esas otras realidades ajenas al religionerismo y a la morbosidad de asistir a la muerte atroz, permanecen cerradas. ¿Qué ha pasado con el amor y el erotismo del que sabe que la caricia existe? ¿Qué ha sucedido con el humor y el absurdo? ¿Ha desaparecido la inteligencia y la capacidad de reflexión? ¿Somos una gran máquina que escupe muertos? Creo que no tenemos cuento. ¿Y cómo tenerlo si únicamente vemos la generalidad y lo que es peor, la más delirante de las generalidades?
Los cuentos, eso que los norteamericanos llamaron a short story, son hoy, en primera instancia, la única posibilidad de leer las múltiples realidades humanas. En sólo un siglo los habitantes de la tierra se han multiplicado por seis y el planeta ha tenido que reducir sus espacios y recursos en la misma proporción. Y si tenemos en cuenta que en cada espacio se da una historia diferente, ya que los hechos son distintos, no importa que se vean asediados por lo mismo (como en el caso del Decamerón de Giovanni Bocaccio), la posibilidad de salirse de la realidad única (la mediática y la que obedece a intereses extraños) es muy amplia. En este momento en una cuidad del tamaño de Medellín, pueden estar sucediendo muchas cosas. Y digo pueden, porque la literatura cuenta lo que pudo haber sucedido y no lo que sucede, para ello están los periódicos libres y autónomos —muy pocos, por cierto—. Digo entonces que pueden suceder hechos que tienen que ver con el amor de una muchacha que espera el bus, con la economía de un obrero, con el asombro de alguien que reza, con la muerte sin sumario de un hombre que debe dinero, con una señora que sube unas escaleras, con un niño que se masturba por primera vez, con una maestra a la que la mens­truación no le llega, con un profesor de química invadido por los celos, con una mujer madura a la que se le ha despertado de nuevo el deseo, etc. Estos hechos son dignos de ser narrados. En lo que puede pasar no sólo está el acontecimiento violento. Sin embargo, nuestro cuento sigue siendo general. Pasa igual con los negocios que se copian y a nadie se le ocurre más sino lo mismo. Ahora, si esto debe ser así, quiere decir que en Colombia no hay inteligencia y menos creación. Los animales se caracterizan por hacer lo mismo. Los hombres por no hacerlo.
Esta mesa en la que participo, ha sido llamada “A la orilla del cuento”. Pues bien, siempre estamos al lado de algo que se puede narrar. ¿Cómo no hablar de Darío, de sus caminatas bajo el sol y la lluvia, de sus peleas con las palabras (las ciertas y las mentidas), de sus desencantos frente a una ciudad que se automatiza y convierte la acción entre dos (del mismo o de diferente sexo) en un mero acto de consumo? ¿Cómo no hablar de mi pasado, distinto en geografías y concepciones del mundo? ¿Cómo no hablar de mis viajes en bus, de las caricias negadas en un cine, de mis ascensos hasta un séptimo piso subiendo unas escaleras deformes? ¿Cómo no hablar de ustedes, aquí presentes, que oyen lo que decimos, que quizá nos odian o nos quieren? Un escritor siempre vive a la orilla de un cuento, está en vecindad con él, puede ser en él. Ya lo decía Horacio Quiroga en su decálogo: el autor es uno de los personajes.
En una clase, una de mis alumnas preguntaba si se podía inventar un poema de amor. Le dije que no. Que si no había sido amada, escribiera mejor un poema sobre la carencia de amor. Que si había sido mal amada, sobre el desamor. Y si la amaban, uno sobre querer estar con él y no en el salón de clase. Para hacer literatura hay que saber de qué se habla. Y con eso que se sabe, hacer una transformación. Uno de esos disfraces que tanto le gustaban a Gustave Flaubert. Y en esto soy claro: el cuento que está a nuestra orilla no es un hecho anecdótico sino un acontecimiento fenomenológico. Es decir, enfrento el hecho con lo que sé, los conceptos que tengo del mundo y mis posibilidades de relación con él. Y sumando lo que hay ahí con lo que quiero que sea, y con lo que tengo para que sea así y no de otra manera, lo transformo. El cuento, entonces, aparece como una segunda realidad, más necesaria que la primera para que haya algo nuevo sobre la tierra.
Digamos que hay un hombre que habla delante de un micrófono. Ese hombre, gordo y de gafas, antes de venir a ponerse delante del micrófono miró al cielo para ver si llovería. Vivía en un país de lluvias inesperadas y de soles inclementes. En un país de incertidumbres. Por eso había que mirar al cielo cada tanto para hacerse a una idea, con posibilidad de equivocarse. ¿Cómo estar seguro en un lugar de enfermedades cambiantes y repentinas? El hombre tosía: sus bronquios ya estaban secos. La rutina del clima había cambiado, los vecinos se escondían cada vez más en las habitaciones y patios del fondo, como le había dicho su hermana que ya jugaba solitario debido a que sus amigas se fueron momificando lentamente, entre polvos y lápices con los que trataban de no hacerse líneas torcidas en la boca y en los ojos; mientras las direcciones de las casas había que buscarlas a través de rejas y candados. Ya no existía el barrio de su niñez y para verlo cerraba los ojos, respiraba hondo y pensaba en alguna muchacha que le había gustado y le había dicho que no. ¿Qué sería de ella? ¿Estaría ahora dispuesta a decir que sí? Con los años se cambia de parecer. Este hombre sonrió al pensar en ella. Y decidió que iría por el barrio tocando las puertas. En alguna le darían razón de esa muchacha de antes, de si seguía viva o se había perdido todo rastro de ella, o quizás ella misma, más gorda y con arrugas en los ojos, le abriría. Debía estar gorda y con arrugas, porque él mismo estaba gordo y con arrugas. Si estaba como la pensaba, le pediría que lo invitara a tomar un café. Si aparecía flaca y con la cara perdida, le preguntaría por un mecánico o un abogado y ella le diría que no vivía ahí. Y antes de que lo reconociera, seguiría calle abajo. Hay que huir de las imágenes que nos espantan. Las que son lo contrario que nosotros o nos evidencian el final. El hombre, ya sin nombre porque ahora estaba registrado en una base de datos con un número, habitaba el barrio Prado en una casa en la que podía recordar e imaginar. Nada en el interior había cambiado. Únicamente faltaban algunas personas, pero había rastro de ellas. La mesa del comedor, las sillas, los adornos de la sala, unas fotografías, la mezuzá en la gamba derecha de la puerta principal, una hamsa contra el mal de ojo. Cuando era niño, estas cosas le sirvieron para saber quién era. La madre hablaba de ellas, el padre las explicaba, para la cena de Pésaj se limpiaban hasta que brillaran. Y, como siempre, venían otros invitados y las admiraban. Ahora, pasado ese tiempo, el hombre las miraba con cierto recelo. ¿Lo superarían también a él? ¿Se demorarían más en desaparecer? Como ya en la casa sólo vivían su hermana y él, ¿a manos de quien irían a parar? ¿Qué pasaría con sus libros en hebreo, con su biblioteca donde abundaban los libros de aventuras, los de física y los diccionarios?
El hombre que estaba delante del micrófono, impaciente porque no podía fumar, antes de llegar al sitio donde hablaba bajó por la calle Jorge Robledo, siguió por Bolívar y volteó por Barranquilla. Las tres calles le eran conocidas y casi podía prever lo que sucedería, que era poco. Las fachadas, las ventanas, las esquinas, cambian apenas. Y más si la gente las mantiene iguales para que las direcciones sean reconocidas. ¿Existirían todavía los carteros? En los últimos años no había visto ninguno. O al menos ninguno como él los recordaba, de cachucha azul, en bicicleta de manubrio cuadrado y con una enorme maleta adelante, cargada de cartas y sobres de manila. De esos carteros hubo uno que enamoraba mujeres del servicio. Los domingos llegaba por alguna y se la llevaba al centro a comer crispetas en la retreta, luego empanadas y después al cine o a un hotel barato. Lo del hotel barato se supo porque la sirvienta de una vecina resultó preñada y fue ella la que contó lo que hacían los domingos, diciendo que en los cines todos se tocaban, que no debía ser pecado.
El hombre que hablaba por el micrófono, al llegar al jardín botánico, se detuvo entre los libros exhibidos y allí se encontró con una mujer que no veía hacía mucho tiempo. Conversó con ella, le dijo que iba a dictar una conferencia y que sería lindo que ella fuera. Después de la charla podrían ir a tomar un café. Ella le dijo que lo sentía, que debía irse ya. Entonces el hombre que hablaba por el micrófono se fue detrás de ella, incumpliendo con el compromiso adquirido de hablar delante de un micrófono. Los organizadores tuvieron que buscar, entonces, a otro hombre gordo y con gafas que se hiciera pasar por él y contara lo que el hombre gordo con gafas hacía. Esto ya había sucedido. Es lo que se conoce con el nombre de Plan B, que consiste en abrir una maleta y sacar de allí un ilusionista.
Un cuento es una situación inesperada pero posible. Y lo posible es aquello que está dentro de lo verosímil. No es entonces una verdad ni una mentira. Es lo que hay entre estos dos conceptos, la memoria que va entre lo vivido y lo imaginario. Es un acontecimiento fragmentado que, como en el caso del hombre gordo con gafas que habla delante del micrófono, permite dobles. Una realidad doble, una situación doble, una palabra doble, una orilla doble como ésa que usan los hombres y mujeres que caminan sobre las aguas.
Estar a la otra orilla del cuento es asistir a la vida. Y como dice Norman Mailer, dotarla de una pregunta. Porque la realidad es real (lo que los griegos llaman una apóstasis), cuando nos confronta y nos obliga a responder. Y esta respuesta es un cuento primero, algo inverosímil que se vuelve verosímil a medida que le agregamos o quitamos palabras. De los cuentos de Tennesse Williams nacieron sus obras de teatro. Los cuentos de William Faulkner produjeron novelas. Es que entraron al otro lado de la orilla, haciéndose preguntas, que es la mejor manera de escribir.
El cuento, entonces, es una situación. Y entre más simple, más evidente. No es una vitrina llena de asuntos, como las que se ven en los almacenes de promoción. Es un cartel, un grito pegado a la pared. Y como en unas buenas vacaciones, quien pase por él debe salir transformado. O, en términos religiosos, una oración que si al ser rezada no cambia el mundo, sirvió para nada.
En los últimos días he releído a Claudio Magris y a Manuel Mejía Vallejo. Y en estas relecturas mi espacio ha cambiado. He entendido otra vez que la vida no corre en vano, porque es un río como el que predica Buda, al que siempre le echamos cosas. Así, cada vez que entramos en un buen cuento (leyéndolo o escribiéndolo) pasamos de un paisaje a otro. Y ese paisaje ya no se va, así lo cubran de publicidad y propaganda. Y lo más excepcional: nadie me lo puede quitar, ni D’s ni un presidente loco.
Los hombres creamos las palabras para volvernos humanos. Y a más palabras, más humanidad. Claro que también se da el caso —muy abundante— de que el hombre destruya palabras y pierda humanidad. Pero no se trata de este asunto, donde podríamos escribir un cuento que sólo tuviera la letra X, que es la de la crucifixión deshonrosa. No, de lo que se trata es de que en la orilla, en ese cuento que no habíamos tenido presente a pesar de estar ahí, hay palabras que no habíamos tenido en cuenta, insignificancias que cobran significado. Esto es quizá lo maravilloso de un cuento, que solo tiene más palabras. Y que la orilla no es una barrera sino una entrada. Hay muchas formas de resistir, como plantea Michel Foucault, o como practica mi hermana Marta, que cada día cocina un plato distinto.


José Guillermo Ánjel R.
Memo Ánjel nació en Medellín. Es periodista, gastrónomo exquisito, narrador y erudito. Dirige el programa radial, La Otra Historia. Entre sus libros publicados en español se cuentan: Historias del barrio Prado; De dictadores, Ángeles Peatones y Pecados renovados; Mesa de judíos; Mindele 1955; La luna verde de Atocha; Entendimiento; 1492 Historia de una herejía y Farmacopea del Descubrimiento.


www.odradekelcuento.com

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