El samuraicito

 

 

Juan Miguel Villegas

 

 

Tengo un samuraicito. Lo compré hace como tres meses en la tienda de un oriental, un chino gordo y casi sin ojos que de lo borracho no se dio cuenta, creo, de lo que perdía. Todavía lo guardo en la misma caja en que lo puse desde el primer día, cosa que le incomoda de manera terrible, pero qué puedo hacer, no tengo dinero para comprarle un estuche como el que imagino: una jaula para tucanes con un bonsái adentro.
Duerme, me da la impresión, casi todo el día, pero cuando despierta transpira furia y remata a golpes las paredes de cartón, chilla, a veces alcanza incluso a perforar la caja con su lancita, y por los orificios saca la lengua y grita y creo que me insulta, no le entiendo lo que dice. No me arriesgo a dejarlo salir, no me inspira confianza un samurai, quizá le baste un golpecito en mi sien o bajo la tercera vértebra y ya está, yo eliminado.
A pesar de todo lo quiero, es mi mascota y a las mascotas con el tiempo se les quiere, no importa si son peces, gatos o samuraicitos. Me da un poco de lástima su condición, un samurai no nació para estar encerrado sino para cumplir delicadas misiones, asesinar primeros ministros o degollar generales. Es algo triste que un guerrero de su clase no pueda superar una estructura tan simple como una caja de cartón. Y sin embargo, parece no estar interesado en cortar su propio cuello. Sólo espero que cuando por fin logre comprar la jaula que me permita ver sus maniobras de combate, mi samuraicito aún no haya comenzado a volverse viejo.

 

Juan Miguel Villegas (Colombia)
Escribí mi primer cuanto a los siete años, y el segundo probablemente a los diecisiete después de desprenderme del Nintendo y leer Que viva la música.
Recientemente gané el concurso “Las 500 Biss” de la revista El Malpensante.
Quiroga, Kafka y Bukowski, mis preferidos, aunque nadie me sorprende tanto como Marosa di Giorgio.


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente