De los dos, era Débora la que tenía siempre presente el aniversario de bodas, y era un hábito que León lo olvidara. Llevaban doce años de casados y se felicitaban porque, a diferencia de muchos amigos y conocidos, todavía seguían juntos.
Débora era más bien alta, sonreía con los ojos, y le gustaba su papel de esposa. Tenía bellas piernas, las caderas estrechas, y unas manos hábiles para el diseño y el corte de trajes. En las reuniones no tomaba más de una copa de vino, ni perdía la compostura; por el contrario a León los tragos lo volvían divertido y un tanto galán con las mujeres; trabajaba en una importante editorial de la ciudad. Alguna vez soñó con ser escritor, pero sólo logró unas pocas páginas que luego dejó olvidadas en alguna parte. Terminó de editor de libros sobre gastronomía y a esto se había resignado. Vivían cómodamente, pero en su mayor parte los ingresos provenían del taller de modas que Débora había creado y que, cada día, se hacía más existoso. De allí provenían también los regalos de aniversario, siempre suntuosos, que Débora le hacía a León como muestra de su amor.
A comienzos de mayo, Débora habló de viajar a New York para celebrar en el Hotel Plaza el nuevo aniversario. No la conocían, y la última película de Woody Allen, con aquellos hermosos momentos y lugares de la ciudad, los había fascinado. Irían en el otoño, cuando el clima es más fresco y los espectáculos nocturnos están en todo su apogeo. A León la idea no le disgustó, aunque le pareció que Débora no debía derrochar así sus ahorros. Pero ella insistió; además, era su dinero y nadie debía decirle qué hacer con él.
Estarían allí una semana, sin preocupaciones, festejando como príncipes, al fin y al cabo eran doce años de vivir juntos, sin que el rumbo de los tiempos, tan propicios al desencanto, los hubiera tocado.
A principios de octubre llegaron a New York y se hospedaron en el Hotel Plaza. El avión aterrizó a la media noche y apenas tuvieron tiempo para una copa y acostarse a descansar. Al otro día durmieron hasta tarde. El confort, las sedas, la exquisita decoración - la sensación de estar viviendo la vida soñada -, los retuvo en la habitación más de la cuenta.
Al mediodía se desató una lluvia de otoño que, cuando menos lo pensaron, iba ya en tormenta. Desde la ventana de la habitación vieron cómo una niebla oscura transformó a Central Park en una postal amenazante. En la televisión los pronósticos no eran nada halagüeños. Llovería durante veinticuatro horas a causa de un viento helado del Norte. En Toronto y Otawa, en la misma Manhattan, las inundaciones alcanzaban niveles desconocidos. A los ciudadanos se les recomendaba no salir de casa.
Al principio lo tomaron con calma; estaban en un sitio lujoso, con un excelente servicio, y en el mismo corazón de la ciudad; ya habría tiempo para ocuparse de lo demás.
Cuando atardeció, bajaron al bar, pidieron un par de tom collins y se distrajeron mirando el ambiente elegante y cosmopolita. Después pasaron al restaurante, donde ordenaron comida oriental y brindaron con sake. León entonces recordó que allí, en alguno de esos iluminados salones, se había filmado la escena donde Al Pacino encarna a un coronel ciego y baila tango. A las once buscaron el grill y, al compás de una orquesta internacional, bailaron hasta la madrugada.
Débora llevaba puesto un bonito vestido azul, con un escote que le resaltaba el busto, y que León, achispado con los whiskies, de vuelta en la habitación, no le dio tiempo de quitarse. Allí, sobre la mullida alfombra del piso, la poseyó. Aunque a Débora el ataque la sorprendió, no dejó de disfrutarlo con suspiros de víctima feliz
Se quedaron dormidos; un rato más tarde los despertó el frío intenso del amanecer. Débora tiritaba. León la envolvió con el cubrecama y reguló la calefacción. Afuera tronaba y la lluvia volvía invisible la luz de las lámparas públicas. Se rebujaron entre las cobijas, pero Débora no volvió a conciliar el sueño.
Cuando era un hecho que pasaría la noche en blanco, se levantó a buscar un cigarrillo, envuelta en el cubrecamas. Frente a la ventana, que sólo le devolvía oscuridad, relámpagos y ráfagas de lluvia, haciéndola pensar que el mundo se acababa allí afuera, fumó largamente. Después se sentó frente al espejo. Sabía que no era bella, menos ahora, en aquel estado que acentuaba su palidez natural y desnudaba la tosquedad de sus rasgos. La verdad, parecía su propia hermana mayor.
Cuando menos lo esperaba, su marido comenzó a hablar entre sueños. Débora se volvió a mirarlo. León estaba descobijado y yacía de través, ocupando por completo la cama, como un gran bebé hidrópico; farfullaba palabras sin sentido, luego se silenció.
A Débora la irritó aquel reposo. Dormía como si no conociera culpa alguna, en una entera conformidad consigo mismo. Aunque sintió el impulso, no se levantó a cobijarlo.
Volvió entonces a su imagen en el espejo. De repente dejó resbalar el cubrecamas, mostrando su desnudez cansada. Quizás allí, en ese cuerpo sin lumbre - había bailado la noche entera, había bebido y hecho el amor-, el pecado (tenía uno que no se atrevía a confesar a nadie y que había alterado la lisa superficie de su vida) hubiera dejado su estigma. La idea era rara, había pasado ya tanto tiempo, pero necesitaba comprobarlo ahora: alguna mancha o lunar que no hubiera visto antes, algún punto infectado, un tumor que lo delatara.
Encendió la lámpara y se observó cuidadosamente, tal como lo hace un enfermo que teme a su mal. Se palpó los senos, la entrepierna, el cuello y los brazos y, volviéndose, se examinó la espalda y las caderas. Al final, cuando se convenció de que no era una apestada, pareció tranquilizarse.
Con un poco de reposo y atención, su cuerpo recuperaría el esplendor natural. Sin embargo, dudó de que sucediera igual con su corazón (ahora, como tantos otros, tenía algo que ocultar, y si esto tan sólo probaba que estaba hecha del mismo barro común, se dolía de ello).
Su pecado tenía un nombre. Debería llevarlo escrito en la frente, allí donde todo el mundo pudiera advertirlo. En otro tiempo la habrían apedreado; en otro tiempo hubiera tenido que pagar su falta de manera cruel: hacía poco, la televisión había mostrado a una muchacha negra condenada a morir lapidada por un hecho semejante, en cumplimiento de severas leyes tribales, y ella había llorado sin descanso.
Comprendía, algo que le impedía pasar el hecho por alto, que en la vida había un orden estricto que no podía romperse sin consecuencias; un orden que, para dar contenido a la conducta personal, establecía que una cosa no puede ser igual a otra. Así de simple. Que no existiera una sanción social, no implicaba que algo estuviera bien. ¿O estaba equivocada y se había convertido en una vieja pacata y anticuada? ¿En un adefesio?
Al otro día, un nuevo boletín del tiempo pronosticaba una intensificación de los vientos polares y más lluvias torrenciales. Manhattan estaba intransitable y sumergida en una oscuridad completa. Nadie recordaba temporal semejante. Otra vez se aconsejaba tomar precauciones y evitar salir a la calle.
La pareja aceptó mal aquel continuo trastorno en sus planes de aniversario. Aunque el hotel llenaba sus expectativas, no era suficiente. Habían soñado con pasearse por la ciudad, visitar museos y también, como turistas comunes, subir al Empire State. Estaban informados de que en el Radio City se presentarían Frank Sinatra y Liza Minelli y que en el MoMa, a sólo unas pocas cuadras de allí, se exhibía por primera vez una retrospectiva completa de Matisse. Lamentaron que la idea de subir a un helicóptero y dar una vuelta a la Estatua de la Libertad, fuera ahora imposible. Mientras el torrencial no amainara, tendrían que dividir el tiempo entre la habitación, el bar y el restaurante y, para colmo, al no hablar inglés, la comunicación con los demás también se dificultaba. Aquello no era lo que buscaban y muy pronto los invadió el desánimo y la frustración.
El miércoles el clima dio al fin una tregua y, provistos de suéteres y gabardinas, lograron caminar hasta el Empire State, visitar el Village y, ya de vuelta, curiosear en Macy’s. Terminaron en una banca mirando el tráfico del río. Pero no estuvieron mucho tiempo allí porque enormes nubes negras les advirtieron sobre el reinicio del tedio y la vida entre cuatro paredes.
Entonces, aunque era una idea sin asideros, una sandez, a Débora se le ocurrió que el curso de las cosas tenía que ver con ella y que si en New York llovía de ese modo (un verdadera calamidad), era por su culpa.
El sentimiento se inició en el taxi que los trajo de vuelta al hotel y continuó afirmándose durante las horas siguientes. Cuando se lo dijo a su marido, éste la miró como si estuviera loca y sonrió con indulgencia. Muchas veces los viajes producen crisis, pero éstas pasan rápido, le dijo. Además, ella era una mujer buena, no tenía por qué imaginarse estas cosas. La lluvia es la lluvia, todo había que achacárselo a la mala suerte. Ya vería como todo cambiaría.
Claro que León ignoraba por qué Débora insistía en dicho desafuero. Jamás, ni por equivocación, a él se le habría ocurrido imaginar una traición de su parte. Pero la ocasión se había dado y lo impensado había sucedido.
Y el mal tiempo continuó, aquello no parecía tener fin.
A la hora de la cena, Débora estuvo retraída y molesta; después se rehusó a acompañar a Leon al grill. Estaba deprimida y sentía que, de seguir el temporal, aquel aniversario, contra todas las previsiones, sería el peor de todos.
A la madrugada, cuando apareció su marido, borracho y trastabilleante, ya Débora había tomado la decisión de contárselo todo. Pensó - por más ridículo que pareciera -, que si le confesaba su pecado y lograba de éste el perdón, el sol volvería a la ciudad. Pero León se echó en la cama y se durmió enseguida, sin escuchar una sola palabra de lo que le decía su mujer, y que tanto tenía que ver con los dos. A Débora le pareció que su acto había sido inútil.
Al otro día, la lluvia inesperadamente cesó y, otra vez, New York relució como en una postal.