Todo está en la infancia, dicen. Y quizá tengan razón. Creo hoy que un hecho muy simple en mis primeros años marcó tanto la vertiente literaria que cultivo, la fantástica, como el género narrativo a que más recurro, el cuento. El hecho es este: cuando era niño, mi regalo favorito eran libros de relatos mitológicos. Mayoritariamente de mitología griega o nórdica, pero también hindú, china, rusa, egipcia y americana... Y sí, eso es todo. Así de simple. Creo que allí puede hallarse la razón central de por qué escribo hoy lo que escribo del modo en que lo hago.
Pero sí la razón inicial es simple, sus implicaciones no resultan tan obvias. Ambas explicaciones, la de por qué escribo literatura fantástica y la de por qué recurro al cuento, se entrecruzan no sólo en el origen. Borges, a mi juicio el más grande de todos los escritores del último siglo, nunca escribió una novela, pero sí muchísimos cuentos. Y Borges escribía literatura fantástica. ¿Coincidencia? No lo creo.
La literatura fantástica encuentra su centro de gravedad en que lleva al extremo la esencia misma del juego literario: la mentira. Eso es común a toda forma narrativa. Todo lector que lee un cuento o novela sabe que le están mintiendo, que los personajes que hablan, sufren y ríen en las páginas no son reales o, cuando más, los seres de tinta y papel son apenas caricaturas de personas de carne y hueso. Y tampoco el mundo que se nos describe es real, por más parecido que sea a éste donde respiramos. Al ser todo filtrado por la interpretación y la imaginación del autor, todo es una mentira. Una mentira que aceptamos creer por un instante, mientras leemos. Y que a veces, cuando nos atrapa, puede obsesionarnos más que la realidad misma.
Entre esos mentirosos profesionales llamados escritores, nadie miente más que los autores de literatura fantástica. Son los campeones de la mentira como parte integral de la literatura. Una cosa es trastocar el mundo y otra, las leyes físicas que rigen al cosmos entero. Una cosa, crear un personaje que mata a una anciana avara y luego vive consumiéndose por la culpa, y otra resucitar a la anciana para que venga a visitarlo por las noches y chuparle la sangre. Una, describir una corrida en España, otra dar vida a un minotauro.
La mentira de la literatura fantástica es, entonces, la más excesiva de todas las mentiras literarias. Y por ello mismo, la más sincera. O si se quiere –y si nos arriesgamos a usar un adjetivo tan peligroso– la menos “hipócrita”. De entrada el lector sabe que lo que está leyendo es falso y decide, por propia voluntad, concedernos su credulidad, sencillamente porque quiere divertirse –o reflexionar– un rato. Su confianza es un regalo que nos hace momentáneamente... Pero por ello mismo no hay que abusar de ella. Y en el caso de lo fantástico, mientras más largo se hace un relato, más elementos hay que tomar en cuenta, más cosas pueden fallar al tener que reconstruir las leyes de todo un mundo, por lo que la credibilidad se hace más difícil de mantener. Hay que pensar, por ejemplo, que si hago volar a un personaje, esto debe tener alguna explicación, y que si para ello decido quitar la gravedad, nadie podrá, por ejemplo, dejar unas llaves sobre una mesa: todo deberá volar. Lo que implica que el escritor de literatura fantástica puede trastocar las leyes físicas del universo, pero no escapar de las leyes que él mismo crea para el relato. El cuento puede ser inverosímil ante las leyes del mundo real, pero no violar las leyes de su propio cosmos. Si lo hace, perderá al lector por irrespetar su confianza y la credibilidad que nos había prestado, como un mago que deja ver que su acto es sólo un truco de prestidigitación. Y no caer en ese error se hace más difícil con cada página que la narración se extiende. Además, el elemento extraño, ajeno a la realidad, es el centro del atractivo del relato fantástico, por lo que puede perder toda gracia si se le da tiempo al lector para acostumbrase a él, como si se tratara de un chiste muy largo del cual nunca parece llegar el final.
Argumentemos nuestro punto por contraposición. Pensemos en las novelas de corte fantástico importantes y descubriremos, sin mucho esfuerzo, que son bastante pocas. Por fuera de las novelas de Lewis Carroll, destinadas a un público infantil –al menos en la mente del autor británico–, las novelas más frecuentes de este tipo son aquellas que tienen personajes de horror, como Drácula, de Bram Stoker, o la estupenda Frankenstein, de Mary Shelley. Pero en ellas es sólo un personaje el que adquiere componentes fantásticos: el mundo mismo permanece igual. Por otra parte, En las montañas de la locura, de Howard Philips Lovecraft, su relato más largo, más que una novela es un resumen de su cosmogonía. En la literatura juvenil el ejemplo más destacado quizá sea La historia interminable, de Michael Ende, pero ésta es ante todo una colección de relatos que se entrecruzan en torno de un par de personajes centrales, Atreyu y Bastián, que constituyen el pilar del libro –otro tanto podría decirse de la maravillosa Alicia y los mil personajes que conoce en su viaje al País de las Maravillas, así como de esa obra maestra de la crítica social, Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift–. También existen, por supuesto, las novelas de enanos y dragones, ubicados en un cosmos alterno con reglas distintas. Pero hay muy pocas de ellas –con obvia excepción de la extraordinaria El señor de los anillos–, que merezcan una segunda mirada en términos de su reflexión sobre la condición humana, lo que al fin y al cabo es el punto central de toda literatura con pretensiones de profundidad. Esto es, de toda literatura “seria”, así sea escrita con mucho humor.
Entre estos autores de “literatura fantástica seria”, la única excepción de peso que se me ocurre de un autor de tema fantástico con varias novelas en su haber es Ítalo Calvino, con su trilogía “Nuestros antepasados” –El vizconde demediado, El barón rampante y El caballero inexistente–, de las cuales, sin embargo, podría argumentarse que más que novelas modernas propiamente dichas, son nouvelles, no sólo por su corta extensión, sino por apegarse a un tema central con muy pocas ramificaciones. Franz Kafka sería otro autor que nos daría pistas de lo mismo: sus cuentos suelen tener más de un componente fantástico, a menudo tan abstracto que ni siquiera es posible verlos claramente con la imaginación, como el inasible Odradek. En contraposición a la fantasía desmesurada de tales relatos, sus novelas parecen del todo realistas, así se basen también en la exageración. Pero es una exageración de las condiciones sociales, no una violación del mundo físico o biológico. Lo cual me remite también a Julio Cortázar y a las diferencias entre sus cronopios, por ejemplo, y Rayuela.
Considero, pues, que mi elección “literatura fantástica-cuento” está muy vinculada. Sin embargo, no se trata sólo de las ventajas que me brinda ese género –tan difícil y, sin embargo, tan poco apreciado en países como España, que por otro lado casi no tiene literatura fantástica de peso–, sino por la esencia misma del tema fantástico. Si lo pensamos, los cuentos de Schwob y Borges no son muy distintos de los relatos de Las mil y una noches en su necesidad de replantear los absurdos de la realidad al brindarnos una mirada desde el otro lado del espejo. Cuestionar lo que damos muchas veces por sentado e inamovible –y que en realidad suele ser poco más que simple costumbre–, con la mirada que uno sólo puede alcanzar si se sale de la realidad por un momento y se la observa a través del cristal. Explicar la realidad al mirarla desde afuera, si se quiere. Y los cuentos árabes, a su vez, surgen de la misma fuente de la cual surgieron los relatos mitológicos: la alteridad. El atractivo de todo lo que escapa a la razón, a lo evidente, incluso a veces a la comunicación misma. El otro que habita en nosotros, más allá de lo simplemente humano. Y que estaba tan bien planteado en los primeros cuentos reales, las narraciones mitológicas, bien fuera en la figura de los gemelos Castor y Pólux, o en la decisión de Odín de sacarse un ojo para poder observar mejor el futuro.
Veo mis obsesiones. Veo mis personajes. Ante todo, el juego monstruo-héroe que ahora reconozco claramente heredado de la mitología. Seres desaforados, con un exceso tan marcado en alguna de sus características –bien sea corporal, emocional, mental o sexual– que sólo pueden tomar una imagen física concreta en el reino de lo fantástico. Y esas imágenes me permiten explorar mis temas fundamentales de interés, en particular la soledad y la toma de posición ante el absurdo. Esto es, la elección ante el vacío. Esa frontera entre el monstruo y el héroe que no está más que en la voluntad. Y comprendo que mientras más excesivos son mis personajes, menos larga debe ser su vida medida en páginas, pues mientras más detalles doy, más me arriesgo a que pierdan su encanto ante el lector. El encanto de lo insólito, de lo monstruoso dentro de nosotros mismos, así como la nostalgia por lo heroico y quien encarna esa característica: aquel que es fiel a su propia naturaleza pero sin dejar de lado su voluntad, y sin importar las consecuencias. ¿Existe otra forma mejor que un cuento para relatar eso? Sólo dentro de ese género me resulta natural tejer la filigrana de un mundo imposible, sin excederme en la trama tanto que lo vuelva del todo inverosímil para el lector, sabiendo que ese mundo sólo tendrá un encanto para él mientras consiga que me preste su credulidad.
Ahora planeo también escribir una novela. En eso, aunque sea a saltos, estoy. Fue un cuento que me pidió crecer. Pero si la termino, será una exageración de la historia antes que de las leyes físicas del mundo o de la naturaleza de los seres. Lo más excesivo, lo más fantástico lo guardaré para mis cuentos. Como casi todos aquellos que han probado el atractivo y las posibilidades de la más descarada de las mentiras literarias: la mentira fantástica.