Que nadie le quite la salida del viernes. El trabajo de la semana –última de mes- lo ha dejado agotado, aburrido, está escaso de fondos, el cabrón del subgerente se la tiene dedicada y es ... eso, un cabrón, un cínico, José Carlos y Walter organizaron programa con dos hembritas sin tenerlo en cuenta, Myriam no está en Cali, ni siquiera ha llamado, etcétera, etcétera, etcétera, pero nada ni nadie va a privarle de su rumba del viernes.
Y si Myriam se ha ido a Bogotá, que se quede ya que tanto le gusta; que se quede hasta fin de año si le da la gana. ¿Y Lucy? No, Lucy no; no es el momento. Adriana por lo visto tiene novio. De billete. Y Milena siempre quiere que la lleve a sitios caros...Que salga entonces con mafiosos o con guardaespaldas de mafiosos o con abogados de guardaespaldas de mafiosos o con favorecidos de abogados de ... Mejor dicho, que se vaya al carajo. Ya es muy tarde para llamar a Claudia al almacén. Debería habérsele ocurrido antes. Pero claro, las últimas horas en la oficina está siempre como un tembo, como un ente. Nada. Pero que nadie crea que la va a dañar la salida del viernes, y en señal de determinación se sirve un cuarto de aguardiente –o quinto-, se cambia de camisa y calzoncillos, y despeja el sofá de la sala. Por si acaso.
Sale.
El barrio está oscuro, las calles casi desiertas. De vez en cuando se escucha un tiro sordo, una descarga de ametralladora, la sirena de una ambulancia, el eco de un grito... pero casi siempre son sonidos breves, aislados. Ajuste de cuentas, piensa, y él no tiene nada que ver con nada. En el bar de la esquina los muchachos siempre saben de fiestas. O de excursiones en lancha a las casetas del distrito Sardi-Guzmán.
Nada. Nada que sirva. Dos aguardientes perdidos. Los pocos bebedores de la noche –desconocidos- hablan de la Copa Libertadores de América, la Vuelta a Colombia en bicicleta o los últimos muertos del río Cauca. De allí no sale fiesta ni bailoteo ni nada. Se enardece la discusión sobre un partido de fútbol; puede haber sangre; hay un hombre de barba que lo mira mal. Fuera de allí cuanto antes, y lejos.
En Miracali siempre hay algo.
-¿Taxi!
-¿Adónde?
-A Miracali
-No hay paso
-¿Por?
-Dos bombas en el parque del Perro. Amenazas de bomba en el María Auxiliadora y en la calle del Muerto.
-¿Ah carajo!
-Yo digo que es una venganza por los huelguistas asesinados.
Esta mañana amanecieron siete colgados de la Ceiba de la alcaldía.
-Esos eran indigentes
-Huelguistas
-Indigentes
-Huelguistas
-¡Indigentes y además indocumentados!
-¡Huelguistas comprobados!
-Bueno, lo que a usted le de la gana, pero entonces subamos por El Nogal.
-Tampoco se puede: hace un rato se estaban dando bala la policía y un grupo de basuqueros que se habían tomado el mirador con dos rehenes.
-¿Y por Santa Isabel?
-Peor
-PRUUUUUUUUUUUM
-¿No le dije?
-Entonces ...
“Atentos, atentos todos. Reunión del Comité de Emergencia de los taxi Nevado. Comité de los Nevado. Reportarse a la Central”.
-Aquí el móvil NR272. con Pg3 en plena Hex. Situación J4A. Sin indicios de PO2 ni AED”.
-Déjeme entonces en la Circunvalar.
-No puedo; lo dejo cerca del río.
-¡Vida tan berraca! ¿Pero a quién se le ocurre poner bombas un viernes por la noche? ¿Y darse bala con los basuqueros? No hay derecho: la energía racionada, los cines clausurados y ahora acordonadas las calles que suben a los cerros. Lo único que falta es que cierren los estancos y las cantinas. Y los bailaderos. Pero ahí si que empieza la gente a dar bala de verdad y a incendiar la ciudad.
Menos mal que se le ocurrió llenar la petaca con ron añejo. Salud aquí por lo bajo.
¡Pruuuuuuuuuuuuum! ¡Pruuuuuuuuuuuuuuuum!
Nada; tranquilo, sereno. Dos camiones bomba pero por los lados de Sorrento, que esa gente ya está preparada. Bastante se advirtió por todos los medios que no se metieran con los magnates del Sur. Ni con sus guardaespaldas, lavanderos, banqueros, representantes, acudientes...
¡Rataplán! (por delante)
Ahí no paso nada. Puro estruendo. A ver, a ver, ¿a quién conocía cerca del río? Tres o cuatro veces estuvo en fiestas por ahí cerca ... Los Martínez se fueron a Miami, Pablo García está secuestrado, Jairo se pegó un tito, Fabito Willis se mató en una avioneta que no coronó, Isabel se casó. Salud Isa. ¿Cerca del río, cerca del río? Los mellizos Gómez están en el Siquiátrico, Lucho y Patricia escaparon de la ciudad, seguramente Marta también. Entonces salud por los ausentes.
-Son mil y pico. Bájese y corra hasta el río. Mucho cuidado con los navajeros.
Se baja de un salto y empieza a recorrer la calle, larga, angosta, a esa hora en semipenumbra. Del lado izquierdo todavía hay tres o cuatro casas alumbradas, del lado derecho solo una. Echa a correr en zigzag y busca refugio en una palmera enana. Descanso y aliento. Las siguientes escalas debían ser un mango, un mamoncillo, un papayo, otra palmera, pero a mitad de los trayectos ha detectado en un jardín una bolsa plástica de supermercado anclada en tierra por el peso de su contenido. Con cautela se vuelve, le recoge, la abre: tres botellas vacías de vino, un despertador sin manecillas, un carrete de pesca, un par de velas a medio consumir y un papel arrugado. Saca el papel y lo despliega. Es una hoja arrancada de un cuaderno escolar, rasgada irregularmente, manchada de tinta en algunas partes. Sólo se alcanza a leer:
(Meg pág 24)
¡Cread
garras. Ace
tiairio desgra
¡Ay de quienes
terminados mon
futuro!
Extendamos el domino de las bestias
Que comiencen a entrar en las ciudades,
Que hagan su refugio en los edificios
bombardeados en las alcantarillas re
ventadas, en las torres inútiles que con
memoran fechas olvidadas. Entremos al reino de las bestias.
Dobla el papel y lo guarda en un bolsillo de la camisa. Bien sabe que no se deben desdeñar los mensajes secretos, las pintadas de los muros o los pasajes que aparecen al abrir un libro al azar. Algunos sentidos se le escapan, pero otros le resultan familiares, al menos así le parece.
Poco antes de llegar al río escucha una serie de explosiones intermitentes por los lados del cerro de Cristo Rey. Se detiene. En la montaña todavía no se ve nada, pero al levantar la mirada cae en cuenta que hay incendios en distintos sitios de la ciudad. Los más altos, los más amenazadores se elevan en el noroeste; también se concentran en ese sector –o al menos eso parece- las ráfagas de ametralladora. De todos modos por allá no pensaba ir; no recuerda una sola rumba en esa zona que hubiese valido la pena. Tranquilo, no hay motivo para el pánico, ni mucho menos. Son ajustes de cuentas, pandillas rivales, sicarios contratados, enemigos declarados. Y el no tiene nada que ver con nada.
Ya está cerca del puente Zamorano. A ver ¿qué hay por esos lados? ¿Alguna cantina abierta? ¿Un bailadero nuevo? ¿Una fiesta semiprivada? ¿Un concurso de belleza? ¿El abrevadero de las bestias? ¿Las toldas de los magos? ¿La casona donde alquilaba un cuarto Beatriz? Se lleva la petaca a los labios; camina y bebe. ¿Una discoteca? Sí, claro que sí, por supuesto que había una discoteca junto al hotel Nodan. Allí lo invitaron una vez, tres o cuatro meses antes, y a punto estuvo de emborracharse.
Pero... pero... pero no hay derecho. Carajo, no puede ser; la noche se ensaña con él, la ciudad le cierra sus esclusas y escondrijos. Porque la discoteca se quema, ante sus propios ojos atónitos se quema. Ha sido evacuada y ahora arde. Una mano a la cabeza y la petaca a los labios. Esto tiene que ser una equivocación, un error de cálculo, en todo caso un despropósito.
Ya se han alejado los damnificados de la discoteca y él prefiere no quedarse solo ante el edificio en llamas. Debería irse lejos del humo, del calor, lejos de las sirenas, las alarmas, lejos de los taxis desenfrenados. Pero está cansado, muy cansado, y necesita más ron.
Cinco o seis calles río abajo encuentra un puente desocupado, cerrado al tráfico. Tambaleante avanza hacia su centro y se sienta en el pretil. Un trago largo contemplando los escombros de una comisaría. Otro mirando hacia la casona donde vivió Beatriz. Salud Beatriz. De todo corazón.
Y salud por Myriam aunque esté lejos, por Adriana aunque no vuelva. Salud por las mujeres de Jorge, por los demonios de Walter, por Guapi, Tumaco y Ladrilleros, por los negros que no regresaron a Mombasa, por Adriana otra vez, por la maleta prestada, el profesor mueco, el grito de pandebono, el silbato del vigilante , el último tren a Zarzal, las mujeres rollizas que en vano siguieron dietas, por los tucanes que murieron en cautiverio, por los indios que olvidaron el Jamundí, por las tardes tristes de los domingos.
Salud por él, por ella y por el compa, por la carta que llegó despegada, el cuento que habría podido escribir, el viaje que se quedó a medias, el calvo que luchó hasta el final, salud y salud, por los versos que plagió, los libros que no devolvió, la llamada que evadió, por el cambio de banderas, la hipoteca rechazada, la sirvienta sin sandalias, por las nalgas de Cristina, la lujuria insuficiente, el fracaso de aquel martes, por el bus destartalado, por el patio del colegio, por el vómito y el grito, la ciudad de los ensalmos, el racismo de los perros, por el cuerpo deformado, el engaño del sostén, el retorno de la bruja. El regreso de los magos. Pero no.
Salud, salud, salud por los ataques convulsivos, por los quirófanos de urgencia, salud, por el travesti envejecido, salud. Salud por la nota que no le envió a su hermano, los árbitros de tercera, la manía de las listas, por el triduo de misas, el perdón de los pecados, la comunión de los muertos. Por los borrachos que murieron sobrios, por el brindis falseado, la salud de los enfermos, la salud de los drogados, la salud de los suicidas. Salud, salud, salud.
-¿Alguna fiesta?
-Claro que hay fiestas, muchas fiestas – le responde el conductor de la lancha que pasa en esos momentos-. Lo puedo dejar en el atracadero de Nueva Segovia.
-Allá no hay fiestas. Eso se quema.
-O en Santa Eulalia; allá puede hacer conexión con la lancha que va a Juanchito. La rumba dura.
-Sí, a Juanchito.
-Que primero a Santa Eulalia.
-Eso.
-Yo le recomiendo un sitio- dice uno de los pasajeros- Se llama El Acuario.
-El Rancho Grande – dice otro.
-El Barco Ebrio. O El Torero.
Prefiere quedarse en Santa Eulalia. No quiere desembocar al río Cauca en lancha. En estos tiempos que corren, todas la noches bajan islas de basuras y cadáveres recientes. Los cadáveres de quienes no abrieron la bolsa a tiempo o abrieron la boca a destiempo.
Pasan sin detenerse junto al atracadero de El Naranjal, uno de los más peligrosos; parece que no hay pasajeros. Se esfuerza por leer un letrero en el muro contiguo a la taquilla. “Balas perdidas o encontradas quedaron construyendo una figura dedos repasando cicatrices muro bordado con metralla letras de este bestiario siniestro que
Se le acaba el tiempo. O se distrae. En sentido contrario suben narcolanchas lujosísimas, polarizadas. También una barcochiva atestada de turistas y de locales reincidentes. Cantan, aplauden, beben aguardiente, algunos intentan bailar en el estrecho espacio que se les asigna, suena una banda de pueblo, pesada, descompasadamente, el animador grita el nombre de un equipo de fútbol, un ciclista, de una ciudad, señala la Ermita, el cerro de las Tres Cruces, el de San Antonio.
-¡Viva la alegría caleña!¡Los mejores bailadores, las mujeres más bellas, los equipos más poderosos!
-¡VIVA!
Se lleva la mano al bolsillo y saca el papel arrugado. Lee. “Que comiencen a entrar en las ciudades, que hagan su refugio en los edificios...” ¿Pero para qué seguir? De sobra sabe que las calles están laceradas por las balas y la guayaba carcomida por la usura, pero ¿para qué seguir? Además es noche de viernes y ya está en el atracadero de Santa Eulalia. Trata de bajar de un salto, pero falla y queda entre la quilla y el agua. El conductor le ayuda a ponerse en pie y aprovecha para cobrarse. Baja aturdido, desorientado, pero no tiene que caminar mucho para llegar ante El Rancho Grande.
-¿Aquí es la fiesta? – pregunta.
-Era – contesta uno.
-¿Qué pasó?
-Lo cerraron. Hace un cuarto de hora mataron a puñaladas a un primo del dueño.
-No era un primo – alega otro-; era un indigente que se había colado.
-¡Qué va! – otro más – un ex traficante menor que había delatado.
-¡Indigente!
-¡Primo!
-¡Delator!
-¡Traficante!
-¡Indigente!
Lo de siempre, lo de nunca acabar. Y al final, ¿para qué? El hecho es que Ell Rancho Grande está cerrado, que ha llegado tarde.
Si hubiera cogido la lancha media hora antes ... En lugar de dar vueltas por Circunvalar. En lugar de hilar brindis en un pretil.
Un hombre se encarama sobre los hombres de otro para asomarse por una rejilla y mirar el cadáver.
-Eso es de mal gusto – protesta una empleada, todavía en uniforme.
-De peor gusto es dejarse matar.
En eso lleva razón. Y él no tiene tiempo. Sigue hacia El Torero. Tambaleante. Descompensado. En el puente se tomó todo el alcohol. En El Torero no hay fiesta ni ha habido en mucho tiempo. Clausurado por disposición de la brigada de autodefensa armada (baaa). Muy cerca de la puerta, en el muro adyacente, se sientan ocho o nueve ancianas, la mayoría flacas, algunas de ellas escuálidas. Deben estar vendiéndose, aunque ninguna levanta la vista del suelo. Se detiene a mirarlas. Al cabo de un rato una de ellas, una anciana mueca, se pone en pie y le pide que la siga. Al menos podrá decirle dónde hay una fiesta, o más ron, o cómo salir de aquel sitio.
Recorren una callejuela en la que arden varias hogueras pequeñas; junto a ellas, grupos de hombres fuman, beben, calientan trozos de carne o duermen la borrachera, recostados contra las paredes. De la callejuela, casi sin transición, pasan a un patio estrecho, un corredor, otro patio más amplio, donde varios hombres están... sí, eso es, ya no cabe duda, están descuartizando un asno. Echa a correr despavorido, olvidándose de la mueca y sus mullidas promesas, tratando de guiarse por los olores y los sonidos para desandar el camino, para llegar al río.
Por fin da con uno de los canales que van al río. Sube a la primera lancha que pasa, que por cosas de su sino navega hacia Juanchito. Se acomoda en la popa, entre los bultos, baúles y bicicletas. Pasado un rato le parece notar que se aproximan al río Cauca. Claro que sí: multitud de barcos y lanchas, brigadas de salud, de rescate, de orientación, de vigilancia, de enfrentamiento.
Al desembocar del canal al Cauca cierra los ojos. Ya no quiere ver más cadáveres. Aunque sea de gallinazos.
¡Juanchito! Desciende en el segundo bailadero, el que está pegado al río, con una terracilla que prácticamente cuelga sobre las aguas. Se acerca al bar, pide un aguardiente y brinda. Y saluda. Y baila. Al principio solo; luego con una rubia muy alta que baila por su cuenta.
-¡Viva Cali, Chipichape y Yumbo! Me gusta Cali, bailo en Juanchito ¡Huepajé, Huepajé, Huepajé!
En realidad la rubia es teñida – hasta los últimos vellos- ; en realidad no es tan alta: tiene unos tacones extralargos; en realidad no está sola: su acompañante se había ido a dejar el saco en el guardarropa y ahora regresa precipitadamente, iracundo de ver a un intruso con su rubia. En realidad no tendrá tiempo de reparar en nada de esto pues el parejo de la seudorubia, un hombre muy poco comprensivo las noches de los viernes, saca del bolsillo un revólver americano de cañón recortado.
Huepajé, huepajé, hue