Algo se cuela

 


Esther Fleisacher

 


En repetidas ocasiones me han preguntado si escribo cuentos o relatos. Nunca me he ocupado directamente de ello. En el momento de la escritura la historia se construye desde adentro y yo sigo su dictado. No planeo la estructura como tal o el final, tampoco el número de personajes o el tipo de narrador; vienen dados en el dictado. Después trabajo el lenguaje, las fisuras, cómo están dichas las cosas, y —aunque parezca extraña esta palabra— la honestidad. Un relato honesto tiene que ver con la fidelidad a la narración y con la ausencia de cálculos.
Se trata de un dictado sometido a una constancia y un tiempo que no controlo. Cuando he intentado tener horarios fijos para la escritura, con el deseo de acelerar la producción, resultan escritos sin gracia. A fuerza de romper papeles he renunciado a tener control sobre el ritmo. Esto implica a veces largas esperas y una disposición particular. El mejor aliado es la lectura. No porque haya una inspiración clara relacionada con lo que se lee, sino por la necesidad de estar sumergida en el mundo de las palabras.
Con el transitar por la escritura, la lectura, entrevistas a escritores y algo de teoría, constato que la mayoría de los autores concuerdan en la imposibilidad de definir el cuento en términos estrictos; plantean algunos parámetros, aunque aclaran que no hay que cumplirlos todos. Sin embargo, coinciden en que el cuento no debe ser muy extenso y debe estar armado con la precisión de un reloj suizo, sin que le sobre ni le falte una sola palabra; además debe tener el elemento de la sorpresa, desarrollar una tensión que atrape al lector, tener unidad de sentido y un final inesperado.
Aparte de escribirlos, no sé ocuparme con estos criterios de mis propios cuentos. Puedo afirmar que no son extensos, que busco precisión y simpleza en el lenguaje –esto requiere volver sobre los relatos una y otra vez, por lo que considero al tiempo como el mejor aliado, y que tienen unidad de sentido, si con ello nos referimos a que se centran en una historia. Cuáles de los otros requisitos cumplen o no, soy incapaz de decirlo. Me acojo a las palabras de Samuel Johnson, en Prefacio a Shakespeare: que sean “su permanencia en el tiempo y su constancia en la estima”1 las que decidan la valía de mis cuentos.
Hasta aquí lo que puedo decir sobre la escritura de cuentos. Cambio de orilla para hablar de la lectura de cuentos, pero la inspiración falla. Como un recurso sugerido por otros, me paseo por mi biblioteca –digo paseo no por extensa, sino porque está regada por el apartamento–. Allí no está todo lo que he leído –por el contrario, muchos libros esperan su momento–, pero sí están casi todos los que he releído. Estos últimos me llevan a pensar acerca de los requisitos de la sorpresa y el final inesperado, pues pareciera que en una relectura estos elementos desaparecen. Sin embargo, en un cuento como “El invitado del Día de Acción de Gracias”,2de Truman Capote, el final siempre me conmueve. Yo vuelvo sentir que sí, que ahí están las palabras precisas, que esa manera de la crueldad es lo peor.
No es un cuento corto. Su estilo no se centra en la condensación o economía de las palabras. Hace hermosas descripciones para mí imprescindibles, porque me permiten conocer la naturaleza de los personajes al saber cómo se visten, cómo se sientan o cómo le hablan al perro.
Acogiéndome a los parámetros del cuento, diría que tiene unidad de sentido, tensión y un final magistral. Sin sustraernos del todo a la simpatía por Buddy, Capote nos muestra su debilidad: ese territorio pantanoso que acecha a cada uno. Esta historia nos muestra lo particular y entrañable de la amistad entre dos personajes marginales: “Quizá resultara extraño para un muchachito tener como su mejor amigo a una solterona entrada en años, pero ninguno de los dos tenía una experiencia ni una perspectiva normales, y así fue inevitable, en nuestra separada soledad, que llegáramos a compartir una soledad aparte (…)”.3 Miss Sook es una anciana con una inteligencia particular, su relación con el mundo es práctica o concreta, y es incapaz de trato social; Buddy es un niño con inclinaciones delicadas, a quien Odd Henderson, un compañero de clase, le cobra una antipatía gratuita, por “marica”.
Capote nos cuenta la historia de tal manera que simpatizamos con Buddy y lo acompañamos todo el relato; pero cuando acusa en público a Odd Henderson, su enemigo, nos quedamos asombrados, mudos, con una sensación de sentimientos encontrados. El personaje nos parece mezquino, pero no logramos atinar bien el porqué, pues su actuación podría leerse como una venganza justificada por las continuas mortificaciones infligidas por Odd. Pero hay un exceso, y Miss Sook le pone las palabras: “Sólo hay un pecado imperdonable: la crueldad deliberada”.4 Sólo porque conocemos quiénes son Miss Sook, Buddy y Odd Henderson podemos entender el alcance de la sentencia sobre la crueldad.
Degradar al otro es una manera de la crueldad y la exclusión. Esas maquinarias refinadas y premeditadas que Hitler urdió para acabar con los judíos, gitanos, homosexuales, comunistas y locos, primero se encargaban de quitarle la dignidad al otro; una vez despojado de humanidad, no hay límite. El mundo moderno está conformado por multitudes despojadas de su dignidad. Algo que nos sobrepasa se ha activado en los hombres, y cuando pensamos en cómo detener esta maquinaria de horror nadie lo sabe. Pero Miss Sook nos entrega una pista valiosa: es con nuestra manera de mirar al otro como contribuimos a ponerle humanidad y no a quitársela.
Mi primer encuentro con esta historia fue en 1984. Desde entonces, cada relectura me ha proporcionado una experiencia valiosa. Así conozca la historia y sepa por anticipado cuáles serán las palabras de Miss Sook, vuelvo a sentir emoción cuando las leo en el tejido del cuento. Entonces no son, después de todo, los elementos de la sorpresa y lo inesperado del final los que dan perdurabilidad a lo escrito. Me inclino a pensar que en el cómo y qué nos cuenta el cuento algo se cuela, algo como la sabiduría que posee Miss Sook, que no es equivalente a lo que actualmente se llama inteligencia.


Esther Fleisacher
Escritora, editora y psicoanalista. Ha publicado los libros de cuentos: Las tres pasas y La flor desfigurada. Con este último obtuvo la Beca de creación de la Secretaría de Cultura Ciudadana en 2006. Actualmente es editora en el Fondo Editorial de la Universidad Eafit.



1Samuel Johnson, Prefacio a Shakespeare (traducción de Carmen Toledano). Barcelona: Acantilado, 2003, p. 6.

2Truman Capote, El invitado del Día de Acción de Gracias (traducción de Ángela Pérez y José María Álvarez Flórez). Barcelona: Lumen, 1972.

3Ibíd., p. 14.

4Ibíd., p. 72.

 


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