...sólo hablaba de las plantas
y parecía que quisiera esconder
entre ellas otros pensamientos.
Felisberto Hernández. “La casa inundada”.
—¡Qué ha sucedido con Petpe!
—Si no podemos respirar las cosas, ¡entonces para qué!
Cuando preguntó, animado por una poderosa curiosidad, nunca se imaginó que alguien que limpiaba y aseaba un plátano sujetándolo en una mano y bañándolo con la otra, en un acto de la más pura delicadeza materna, fuera capaz de responder de esa manera.
—Bueno, supongo que dejó alguna razón para mí...
Interpeló, en ese instante, el grato vaho grosero y oportuno del friolento y desnudo banano. Lo cual le permitió encajar otra asertiva y suave frase.
—En realidad, lo más importante es la cáscara, y se puede sentir.
Era evidente que había llegado con demasiado retraso y que las inquietudes lo habían estado esperando suspendidas y olisqueando con ansia.
—¡Exacto! ¿Pero el cuerpo?
El agua caía espantada por su nuevo aroma. Y sus manos no se desocupaban, no era permitido, y menos después de esa desajustada inquisición.
—¡Ya está!, déjate de..., solamente necesito atención y...
Nuevamente, el olor vino en su ayuda y ésta vez para repeler, pues su bostezo fue a atacar directamente el escondrijo de sus dudas, con órdenes directas de destruir o desalojar.
—¡Ummm! Aunque, si no se evaporara completamente...
Con un gesto de repulsiva piedad le ofreció un caramelo con pretensiones de menta. Miró con asombro, luego con gracia y finalmente con expectación.
—En verdad, ¿¡sabes qué se hizo Petpe!? Creo que tiene problemas con...
—... la cáscara del coco es muy compleja. ¿Sabías que tiene las mismas características físicas de la cáscara del huevo?
La desesperación era una posibilidad que no podía permitirse, pero ésta se filtro en su paciencia en forma de coco peludo y su peso era insoportable.
—¡Olvidas que las mentas fueron prohibidas desde el incidente aquél!
Esquivó a la forastera golosina, reproduciendo sus espiraciones en condiciones de ataque.
Ya casi había finalizado el baño diario de sus infantes de manta-pañal amarillo, cuando desesperadamente consintió la repentina posibilidad de que alguno de ellos se hubiera fugado con Petpe. Fue tan translúcido su temor que se pudo leer al vuelo, como la estela de un renovado e higiénico vapor de banano.
—¡Ajá!, yo sé que algo sucedió, si no, entonces, ¿por qué faltan tres plátanos? no veo cocos.
—Petpe es muy..., muy..., muy...
—¡Anda, dilo!
Exigió con un soplo de puños.
— ...muy temporal.
Contestó con desaliento.
—Sí, y..., su...
Comprobó con un respiro que era cierta la similitud del coco con el huevo, porque la emoción de saber algo frotó tanto su memoria, que esta comenzó a resquebrajar de incertidumbre a su alarmante coco.
—...su perfume...
Interrumpió a manera de cálida e innecesaria emanación.
— Yo sé que el banano es muy importante, siempre lo hemos percibido, y te he dado la razón casi siempre. Sin embargo no me estás colaborando en nada ahora.
En tanto que dejaba de pronunciar su invariablemente renovada pregunta, uno de los mangos cobró vida y se movió hacia una de sus manos ya casi seca, chorreando su almizclada índole.
La camaradería es un asunto tan humano que nadie hubiera imaginado un atisbo de ella entre las frutas. A pesar del desespero, el saber se fue disipando, y el coco ya desvestido llenaba su pensamiento de un vapor espeso y argentino, muy parecido al ambiente de desazón.
El efecto constitutivo y emblemático del coco y el huevo humeaba su cabeza, impidiéndole husmear la crítica pestilente declarada en contra de Petpe.
—Yo no sé que ha estado haciendo, o peor aun, comiendo, o más grave, tocando ese muchacho, pero su esencia no es la misma.
Sentenció penetrantemente.
La confesión dejó sin aliento el momento y los ánimos.
No era posible que estuviera hablando de Petpe. El mismo que le había enseñado las propiedades aromáticas de las palabras con el gimoteo purificador de las frutas.
Fue una tarde mezclada y hedionda que contenía y soportaba todos sus demás días acumulados, conservándolos como una tarde más de respiraciones nulas, sin época ni agradables alientos; aquel día de igual sinsabor a los otros, en la que el delicioso silbido de Petpe reavivó su inexistente e inútil e innombrada fruición, o anónimo gusto, como tiempo después le explicó él mismo que así lo llamaba.
Su maña-oficio, o arte para él, comenzó, con exactitud, en cualquier hora de algún día de un año que olvidó con precisión. Eso era rigor de retentiva, según él, necesario para todos los todos, excepto para su memoria y su nariz. La escuela, según le reveló, es un buen ensayo con sus increíbles y precoces rutinas de tufillos y aspiraciones, pero forzosamente el aislamiento y sus sucesivas y graduales variedades se encargan de desestimular con aires de renuncia, y en cambio, desodorantar nuestros accesos de contacto con las sílfides mundiales, cubriéndolos de olvido para rechazar su presencia traviesa y su continuidad perenne.
Todo era un ardid meditado y desarrollado por los ídolos de odre óptica, para impedirnos ser etéreos y odorables. Pues solamente es necesario asumir en balance para recordar que desde nuestro nacimiento somos impelidos hacia las superficies y las luces, pero ¿y los olores? Sentenciaba fulminantemente. Siempre que tenía la posibilidad de exponer su maña-oficio comentaba desprendidamente lo mismo.
A partir de Petpe y su oliente llamado, su vida se evaporó y en fragancia consintió su naturaleza.
Petpe y su esencia transformaron su conformación en petar, humoroso y esparcible. ¿Acaso como frutos?
El perfume del mundo se hizo para él la obsesión y la preocupación más grande. Petpe lo introdujo en el mundo del petar, las sílfides y los ídolos de odre óptica; todo lo demás es accesorio o directamente dependiente de éstos. Y junto a ellos, la fastuosidad sibilina de las frutas. Se hizo la Íntima Orden Hierática del Aroma.
Y ahora, cuando se avecinaba uno de los momentos más importantes, un cambio temporal, uno de los ciclos sublimes, Petpe desaparecía. Su habitual sitio estaba vacío. Sus compañeros ignoraban su ubicación, pero, además, uno de ellos, extrañamente, se quejaba de su esencia. ¿Tenía alguna concordancia con su ausencia?
El temor bañó su pensamiento con el resbaladizo y frío jugo de su quebrado coco interno, y le impidió aferrarse al inodoro a tiempo.
—Desde ayer no ha venido. Y lo agradezco, porque nunca había visto a las piñas y a las peras tan tristes. Creo que ellas sufrieron su esencia, al igual que yo, pero de una forma más seria.
La esencia no se arrancaba de sus recuerdos en conflicto. Y la advertencia final desaliñaba el aliento.
—¿Y en dónde está su fruta?
—Creo que se fueron.
Petpe familiarmente se alejaba de la pestilente vida ciudadana y dejaba a su paso una cromática estela de olores de múltiples meses y signos. Su intempestivo pero reconocible viaje había esparcido un aire de completa incertidumbre, nada dulce, poco vistoso.
La desgracia era inminente. Un esbozo de vida o de cotidianidad sin la fragante y coloreada existencia frutal era imperdonable, incluso, inimaginable.
El sitio de reposo y espacio para las figuritas de almibarado temperamento se encontraba vacío e impropio, como el retrato de un gran sabor ajeno y extraño.
Petpe y su rastro se extrañaban de exilio. Y con ellos, el néctar de su fundamento, la natural condición de prevalencia y supervivencia de la Íntima Orden Hierática del Aroma: Las frutas. Sus frutos.
Su frutal fe se encontraba en peligro casi inminente por carencia de ídolos y Ministro. Era terrible. Atentaba contra el aromático evangelio. Prometía realidad, simpleza y ruina. Aseguraba una determinante discordia y rencor eterno con las celosas y excesivamente severas sílfides; una discontinuidad e impostura con el Petar emancipado y autóctonamente reivindicado; y en definitiva, reconocer una derrota decadentemente autoinfligida, tan visualmente mortal como morfológicamente duradera, en manifiesta y cobarde declinación ante los ídolos de odre óptica.
Nada subsistiría. Todo se olvidaría.
Mientras, se acercaban vertiginosamente las neonatas composiciones cubiertas en aromosos sollozos de informes seducciones, cuales deseos penetrantemente vaporosos dispuestos en haces de deliciosa atomización gustativa.
Petpe ya no estaba. Nunca más lo haría. Se había podrido en sueños. Sus efluvios rancios no pertenecían a ésta temporada, jamás recomenzaría la fase. Era fárrago. Disipado sin respuestas ni certidumbres.
La cosecha llegaba con su perfumería abigarrada y multiforme: piñas, peras y manzanas. Nuevo ciclo, con recientes vaharadas expectantes aderezadas con miríadas de deleite. Atrás, los mangos, los cocos y los bananos hacían parte de una conspiración, de un deseo, de una pretensión por salvaguardar frutos y magnificar agradables y sabios períodos, especificidades, presencias y admixtiones, que heredaban con talante de renovación para sus sucesivos y actuales cofrades ¿Acaso, como la imaginación?
Tendría que seguir adelante. Solo. Rendido. Pero ahora, simplemente, vendería nada más que frutas.
Entonces parecía que fuera yo
el que escondía los pensamientos entre las plantas.
Felisberto Hernández. “La casa inundada”