El olor de los machos

 



Jorge Franco


 

Marilyn Monroe se murió el día en que yo nací. Esto lo supe algunos años después cuando alguien me contó las razones por las que ella se había suicidado, y ese momento originó una complicidad póstuma entre Marilyn y yo. Me sentí en deuda porque creí que ella adelantando su muerte le había dado paso a mi vida y me vi en el deber de continuar lo que ella había concluido por mí. Pero perpetuar su obra no habría sido difícil si mis inclinaciones y mis gustos fueran diferentes a los que tiene todo hombre.
Mi nombre es Juan, como el apóstol, como el arcángel y como el bautista, me llamo como se llaman casi todos los hombres; mi apellido no importa porque siempre dudé si debería llevar el de mi padre dadas las condiciones en que se desenmarañaba la vida de mi madre. De día limpio baños, sanitarios y orinales meados, por eso sé lo que es limpiar mierda ajena y comer mierda propia; de noche tengo el pelo rubio, un vestido provocador, una mirada perdida y un lunar sobre la boca. De noche soy la que murió por mí, la que se fue para darme un lugar en este mundo donde ya no había más espacio para nadie; de noche pago la deuda que adquirí al nacer. De día soy Juan, el que limpia arrodillado; de noche soy Marilyn, la que camina en zapatos de tacón; de día me confundo, de noche busco; con el sol pierdo, con la luna gano; con la luz muero, con la oscuridad vivo; de día odio, de noche amo, o trato de amar, de encontrar la mujer que me pueda querer como lo que soy: el hombre que busca continuar lo que Marilyn no fue. Busco a una mujer que ame mi pelo claro, mis ojeras empastadas de cosmético, mi risa loca y trasnochada, mi deuda de canjear una muerte por una vida, mi compromiso de hombre y mi sonrisa de mujer, mi confusión de ser Juan dentro de los remolinos de un inodoro o de ser la Monroe dentro de las turbulencias del alma. Busco a la mujer que pueda amarme como mujer sin dejar de sentir lo que siento como hombre, y que a pesar de mi boca pintada sobre su boca también roja, sepa que es un hombre el que está retozando sobre ella, que es un deseo viril sobre su humanidad femenina, que no importa que mis faldas y mis panties sucumban ante sus curvas cerradas y mortales.
Marilyn Monroe murió el día en que yo nací, tiene voz de hombre, deseos y erecciones. Yo tengo un tinte para el pelo, un lápiz labial para la boca y otro negro para pintarme un lunar; limpio baños y tengo una deuda que no tiene nada que ver con lo que yo, a veces Juan y a veces Marilyn, verdaderamente siento. Lo mío es un compromiso, hago lo que hago sin que nadie me pregunte por qué. No voy a satisfacer la morbosa curiosidad ajena con ideas que no yo mismo entiendo, ni con explicaciones que nunca he querido de buscar; sólo soy el hombre que cada noche se sienta dos horas frente al espejo y la mujer que resulta de ese tiempo que toma mi transformación.
Mi madre cantaba boleros en un bar de mala muerte. Se llamaba «Café de las monjas», porque fue montado en un convento que tuvo que mudarse cuando la zona se llenó de borrachos y puticas, y, particularmente, cuando encontraron un borracho muerto en la capilla del claustro con una camándula que nunca le pudieron desprender de su mano ensangrentada.
Mi madre cantaba de día y de noche, boleros, milongas y viejas canciones españolas que aprendió de su abuela andaluza. Cantaba mientras lavaba la ropa, mientras cocinaba y mientras hacía el amor. Le cantaba al oído a todos los hombres que la visitaban porque decía que todos eran tan débiles que había que distraerlos para que no fallaran en las faenas del amor, y, dependiendo del gusto de cada cual, ella interpretaba su tonada. A veces me asombraba cuando la oía entonándoles canciones de cuna, pero más me sorprendió un día en que la visitó un ingeniero italiano y la oí cantando a todo pulmón un aria de ópera, que ella misma inventó mientras el hombre intentaba deshacerse sobre ella. Mi madre cantaba de día por tristeza y de noche por dinero. Siempre soñó que un empresario rico y bondadoso la sacaría del Café de las monjas y se la llevaría a cantar a Europa, donde sería feliz y famosa, pero nadie nunca la rescató de su miseria, ni siquiera mi padre que prometió hacerla su esposa y montarle un lugar en el mejor sitio, donde ella sería la reina de su propio espectáculo. Ella siguió cantando noche a noche las mismas canciones para la misma gentuza que no parecía cansarse nunca de emborracharse al son de aquellos mismos boleros, interpretados por esa misma cantante agotada, que nunca cambiaba sus trajes de luces ni sus plumas y que era mi madre; la que fue perdiendo el juicio por el alcohol y la fatiga, la que empezó a confundir la letra de sus canciones creando esos boleros híbridos que parecían inventados por ella y que la volverían famosa, poco antes de que tuvieran que encerrarla con los locos por andar recogiendo dinero de puerta en puerta para montar lo que siempre quiso: una fábrica de alas.
Una tarde fui a visitarla a donde la habían recluido. Me sorprendí yo más por su apariencia de mujer perdida y de animal que ella por mis piernas afeitadas y descubiertas. Tenía arrugas profundas y descubrí su melena blanca que siempre me ocultó; llevaba una túnica blanca que le llegaba hasta los pies y en su espalda tenía pegadas un par de alas que había hecho con plumas de gallinas muertas que a escondidas le pasaba la cocinera; mi madre parecía más mitológica que real. Sentí un dolor profundo al verla, pero después comprendí que ahora al final ella era feliz. No se escandalizó al verme, por el contrario, se mostró orgullosa de mí y sintió envidia de la ropa que yo llevaba; me dio un beso en la boca y me dijo que siempre fue una lástima que en lo único en que yo no pude reemplazar a mi padre fue en la cama. Mi madre era mi sol, distante pero sin dejar nunca de alumbrarme y darme calor.
Cada noche busco en las miradas de las mujeres de la calle la complicidad que tenía la mirada de mi madre. Busco una mirada que insinuándome lo reprimido me diga que no estoy perdiendo el tiempo, lo que no puedo hacer si no es reflejándome en los ojos de otra mujer. Pero son los hombres los que me detienen para seducirme inútilmente; quieren que mi ambivalencia les resuelva la suya, sin embargo, no saben que yo mejor que nadie sé lo que quiero. Algunos me insultan, meten sus manos debajo de mi falda, por entre mis piernas, y al encontrar mi verga me escupen en la cara para después gritarme cualquier burla. No me importa, siempre se marchan más ofendidos cuando les aclaro que ante sus desgastados penes yo prefiero levantarme mi vestido para hundirme en el placer de las mujeres que los acompañan. N o entienden que debajo de esta falda que usurpan hay un ser más hombre que todos ellos, que quiere hallar y satisfacer a la mujer que Marilyn Monroe no encontró dentro de sí misma, llevándola a su anticipada partida.
Ya no sufro, ya no lloro, ya no rezo porque entendí que Dios no sabe de amores. Él nunca sintió la pasión de los sexos, nunca sintió actividad entre las piernas, Él generalizó su amor pero querer a todos no sirve de nada porque todos no lo quieren a uno; Dios nunca se enamoró, por eso no sabe lo que los hombres sabemos, por eso en cuestiones de amor los hombres sabemos más que Dios; su amor no incluye la carne y el amor sin carne no es amor.
Las noches son oscuras porque son alcahuetas, porque son cómplices de lo refutable. De noche sale la noche y con ella sale la luna, sale Marilyn Monroe pisando duro sobre las alcantarillas y sobre los escapes de humo y viento del metro imaginario de esta ciudad irreal, esperando que su vestido se levante como se levantó en esa película que nos haría famosas. Yo tengo una luna pegada del techo que se llama como se llama tu nombre. De noche salimos los que tenemos que esconderle algo a la luz del día; salgo yo con mis remordimientos, mis frustraciones, mis ganas y mis deseos reprimidos; salgo con mi vestido blanco y escotado que cubre poco, con mi sonrisa que no logra contagiar a nadie. De noche sale la noche y también Marilyn Monroe que se murió hace mucho tiempo. Fui la diosa del amor, el símbolo de lo único que me faltó en la vida, por eso ahora que he vuelto a nacer lo busco sin tregua, porque no quiero volverme a morir sola, o al menos para no volver a encontrar en la muerte mi única salida. Al amor hay que tenerle paciencia para que no nos sorprendan las ganas de abandonarlo todo, para que su extrañeza no nos confunda y nos haga perder de la experiencia más maravillosa.
A veces pienso en ella, no en Marilyn, sino en la mujer con quien aprendí que todo era posible, que una mirada era suficiente para decirlo y entenderlo todo; que un beso de mujer es un sello con el que se estampa la felicidad. Con ella aprendí muchas cosas en muy poco tiempo. Entendí en un solo instante los boleros que cantaba mi madre. Con ella comprendí lo grande que era la ilusión y también experimenté lo atroz de la soledad, el calor de una compañía y el frío de mi cama cuando ella no estaba. Después le oí decir adiós. No creí que era a mí a quien le hablaba; sentí desazón y ganas de morirme. Soy una mujer triste porque soy el hombre que quiere entender qué fue lo que pasó con su amor. Me queda la duda de lo que pudo haber pasado entre nosotros, como algo punzante que me seguirá causando mucho dolor, un repicar que me insiste que sólo junto a una mujer como ella puedo ser feliz, que solamente necesito que me toque o que se ría para entender que todo es más fácil si está conmigo. Ahora por culpa del amor camino como si tuviera un pie más largo que otro.
Anoche soñé con una mujer que me miraba a través de una ventana. Tenía la mirada ambigua e imprecisa que poseen las mujeres de ojos claros. Me llamaba con su mano para invitarme a caer en un abismo. En lo dilatado de sus pupilas zarcas pude ver que esa mujer no era mi madre. Tampoco era Marilyn, lo hubiera percibido de inmediato como en los otros sueños en los que ella ha venido para suplicarme que continúe en la búsqueda de lo que ella no encontró. No sé quién era esta mujer con cola de escorpión que se metió en mis sueños, pero tenía el olor de las cloacas y de los sitios inmundos donde yo trabajo de día, el olor familiar que me despertaría de aquel sueño, sin poder ver el anhelado final de aquella mujer ultimada por el veneno de su propio aguijón.
Mis noches de sueños son noches de augurio. En una de ellas me encontré de frente con el Café de las monjas, como una aparición, como si lo hubieran movido de su sitio original para ponerlo exactamente frente a mí. No quise entrar porque sentí miedo en las piernas, pero luego me pareció oír a mi madre que cantaba allá adentro y que con su voz melodiosa me invitaba a entrar. Cuando atravesé el umbral sentí que cambiaba de mundo, un olor agradable pero indefinible me despertó toda una marea de premoniciones, y cuando la vi sobre el escenario desapareció mi miedo. Estaba más bella que nunca, envuelta en plumas y lentejuelas; cantaba como en sus mejores épocas, la rodeaban hombres guapos y engominados que se mataban a tiros por coger una de esas plumas perfumadas, que con seducción les lanzaba mi madre. Ella me vio y me hizo un guiño que yo le correspondí con una sonrisa; sentí ganas de lanzarme sobre ella pero recordé lo importante y sagrado que era para mi madre el estar sobre las tablas; entonces, preferí ver cómo seguía enloqueciendo a sus admiradores con uno de sus tristes y melancólicos boleros. Cuando la gente, por bien o por mal, comenzó a mirarme, me refugié en un pequeño espacio que encontré junto a la barra. Nunca bebo pero esa vez pedí un trago, y después pedí más. Sólo sé que cuando las miradas dejaron de intimidarme, una mujer se sentó junto a mí, podía tener una cara bonita debajo del pesado maquillaje, y en sus ojos se le veían las ganas de acercarse. Ella me preguntó cómo me llamaba, y yo le contesté que Marilyn Monroe, ella no dijo nada, simplemente se rió y sirvió dos tragos, uno para ella y otro para mí. Brindamos y nos quedamos en silencio, mirándonos, como si buscáramos algo la una en la otra; después, volvió a repetirme la pregunta, que cómo me llamaba, esta vez yo le contesté que Juan, el hijo de la mujer que en ese instante se desvivía en un bolero; ella se me acercó y me puso su nariz junto al cuello, yo cerré los ojos y solamente pude abrirlos después del estruendo por la ovación y el aplauso que le rendían a mi madre. Esta mujer sólo pudo hablar cuando el público se calmó al comenzar la siguiente canción, entonces me dijo que yo era diferente, que a pesar de mi pelo y a pesar de mi lunar yo tenía el olor de los machos, y que el olor es finalmente lo que uno es. Me pidió que no le explicara nada, que más bien subiéramos al claustro donde ella podría hacer algo por mí. Mi madre me sonrió cuando me vio salir.
No quiero recordar a esa mujer que me amó hasta el agotamiento; espero tachar de mi memoria la noche que tanto esperé, los besos y los gemidos que aligeraron un peso al que ahora me doy cuenta, no quiero renunciar. Quiero eclipsar la cara de aquella mujer amándome, no quiero que su corazón me baje de mis tacones altos, deseo volver a mis inodoros, a la mierda extraña y a mis noches de insatisfacción; quiero deshacerme en la incertidumbre, no quiero humillarme siendo feliz; tú nunca lo fuiste. Ahora te entiendo, Marilyn, comprendo tu final y me pregunto cómo será el mío, aunque a veces lo vislumbro.
Me voy a morir con un tiro entre las cejas porque así es como se mueren los que no pueden adaptarse. Un balazo borrará mi sonrisa de amante inconclusa, de hombre insatisfecho, de diva consagrada a una misión incomprendida. Una bala certera y mortal acabará con mi existencia de abril, no me permitirá disfrutar el otoño siguiente, ni el próximo metro, ni el verso rápido que se lee hasta la estación. Será muy extraño mi final, y será tan triste que me sorprenderá a mi mismo. Voy a llorar por mí, por lo que no fui y por lo que quise ser. Voy a llorar porque Marilyn Monroe habrá muerto otra vez.


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